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CAPÍTULO I. Ramas del arte de la guerra

Como la marcha es el instrumento por el cual la estrategia distribuye sus elementos activos, los combates —si bien estos últimos a menudo solo aparecen por sus resultados y no en los detalles de su curso real—, no podía dejar de suceder que en la teoría se haya sustituido con frecuencia el instrumento por el principio eficiente.

Así, oímos hablar de una marcha hábil y decisiva, haciéndose con ello alusión a aquellas combinaciones de combates a las que condujeron dichas marchas. Esta sustitución de ideas es demasiado natural y la concisión de expresión demasiado deseable como para exigir su alteración, pero no deja de ser una cadena condensada de ideas respecto a la cual nunca debemos olvidar tener presente todo su significado, si queremos evitar caer en el error.

Caemos en un error de esta índole si atribuimos a las combinaciones estratégicas un poder independiente de los resultados tácticos. Leemos acerca de marchas y maniobras combinadas, de cómo se alcanza el objetivo y, al mismo tiempo, ni una palabra sobre el combate, de lo cual se deduce que existen medios en la guerra para vencer a un enemigo sin luchar. La naturaleza prolífica de este error no podremos demostrarla hasta más adelante.

Pero aunque una marcha pueda considerarse absolutamente como parte integrante del combate, todavía existen en ella ciertas relaciones que no pertenecen al combate y que, por tanto, no son ni tácticas ni estratégicas.

A estas pertenecen todas las disposiciones que conciernen únicamente al alojamiento de las tropas, la construcción de puentes, caminos, etc.

Estas son solo condiciones; bajo muchas circunstancias están en muy estrecha conexión y pueden casi identificarse con las tropas, como en la construcción de un puente en presencia del enemigo; pero en sí mismas son siempre actividades cuya teoría no forma parte de la teoría de la conducción de la guerra.

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