Aunque sabemos muy poco sobre las tácticas en las batallas entre los suizos y los austríacos, o los borgoñones y los franceses, aún encontramos en ellas indicios inequívocos de que fueron las primeras en las que se manifestó la superioridad de una buena infantería sobre la mejor caballería. Una ojeada general a la época de los condotieros nos enseña cómo todo el método de hacer la guerra depende del instrumento utilizado; pues en ningún período las fuerzas empleadas en la guerra han tenido tanto las características de un instrumento especial, ni han constituido una clase tan totalmente distinta del resto de la comunidad nacional. La manera memorable en que los romanos, en la segunda guerra púnica, atacaron las posesiones cartaginesas en España y África, mientras Aníbal aún se mantenía en Italia, es un tema sumamente instructivo para el estudio, ya que las relaciones generales de los Estados y ejércitos involucrados en este acto indirecto de defensa son suficientemente bien conocidas.
Pero cuanto más descienden las cosas a los detalles y se apartan en su carácter de las relaciones más generales, menos podemos buscar ejemplos y lecciones de la experiencia en períodos muy remotos, pues no tenemos ni los medios para juzgar adecuadamente los acontecimientos correspondientes, ni podemos aplicarlos a nuestro método de la Guerra, que es completamente diferente.
Desgraciadamente, sin embargo, siempre ha sido costumbre entre los escritores históricos hablar de los tiempos antiguos. No diremos hasta qué punto la vanidad y el charlatanismo pueden haber tenido parte en esto, pero en general no logramos descubrir ninguna intención honesta ni ningún esfuerzo sincero por instruir y convencer, y por lo tanto solo podemos considerar tales citas y referencias como adornos para rellenar vacíos y ocultar defectos.