parte, estas brillantes cualidades, en el momento de una gran decisión, pueden arrebatar al azar gran parte de su poder y, por lo tanto, asegurar hasta cierto punto aquello que la inteligencia calculadora en tales casos se vería obligada a dejar en manos del azar. Vemos por esto que aquí se produce un conflicto entre varias fuerzas y que no podemos afirmar categóricamente que se deje un campo mayor al azar en el caso de una gran decisión que en el resultado total cuando tiene lugar ese juego equilibrado de fuerzas. Si, por consiguiente, vemos más particularmente en este juego de fuerzas un concurso de habilidad mutua, esto solo debe entenderse referido a la habilidad en el cálculo sagaz, y no a la suma total del genio militar.
Ahora bien, es únicamente desde este aspecto de la maniobra estratégica de donde el conjunto ha obtenido esa falsa importancia de que hemos hablado más arriba.
En primer lugar, se ha supuesto que en esta destreza consiste todo el genio de un general; pero esto es un gran error, pues, como ya se ha dicho, no puede negarse que en los momentos de grandes decisiones otras cualidades morales de un general pueden tener el poder de controlar la fuerza de los acontecimientos.
Si este poder procede más del impulso de sentimientos nobles y de aquellas chispas de genio que surgen casi inconscientemente, y por lo tanto no procede de largas cadenas de pensamiento, no por ello deja de ser un ciudadano libre del arte de la guerra, ya que dicho arte no es un mero acto del entendimiento, ni las actividades de las facultades intelectuales son las principales en él.
Además, se ha supuesto que toda campaña activa sin resultados debe obedecer a esa clase de destreza por parte de uno, o incluso de ambos generales, cuando en realidad siempre ha tenido su fundamento general y principal precisamente en las relaciones generales que han convertido la guerra en semejante juego.