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CAPÍTULO XVI. De la suspensión de la ley en tiempos de guerra

No obstante, en esta clase de guerra hay también cierta astucia; en verdad, su acción es tal vez más variada y extensa que en la otra.

El azar jugado con rollos de oro parece trocarse en un juego mercantil con groschen. Y en este terreno, donde la conducción de la guerra alarga el tiempo con una cantidad de pequeños florilegios, con escaramuzas de puestos avanzados, medio en serio medio en broma, con largos aprestos que en nada terminan, con posiciones y marchas que después son tachadas de hábiles solo porque sus causas infinitesimalmente pequeñas se pierden y el sentido común no puede sacar nada en claro de ellas, aquí, en este mismo terreno, muchos teóricos hallan el verdadero arte de la guerra en su elemento: en estas fintas, desfiles, estocadas de medio y cuarto golpe de las guerras pasadas, encuentran la meta de toda teoría, la supremacía del espíritu sobre la materia, y las guerras modernas se les antojan meros puñetazos salvajes de los que nada hay que aprender y que deben ser considerados como simples pasos retrógrados hacia la barbarie.

Esta opinión es tan frívola como los objetos a los que se refiere. Donde faltan las grandes fuerzas y las grandes pasiones, sin duda es más fácil para una destreza practicada mostrar su juego; pero ¿no es acaso el dominio de las grandes fuerzas, en sí mismo, un ejercicio superior de las facultades intelectuales? ¿Acaso ese tipo de esgrima convencional no está comprendido en el otro modo de hacer la guerra y le pertenece? ¿No guarda con él la misma relación que los movimientos a bordo de un barco guardan con el movimiento del barco mismo? En verdad, solo puede tener lugar bajo la condición tácita de que el adversario no lo haga mejor. ¿Y podemos saber cuánto tiempo decidirá él respetar dichas condiciones?

¿No ha caído acaso la Revolución francesa sobre nosotros en medio de la supuesta seguridad de nuestro antiguo sistema de Guerra, y nos ha expulsado desde Châlons hasta Moscú?

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