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CAPÍTULO XIV. Subsistencia

Este tema ha adquirido mucha mayor importancia en la guerra moderna por dos causas en particular.

  • Primero, porque los ejércitos en general son ahora mucho mayores que los de la Edad Media, e incluso que los del mundo antiguo; pues, aunque antiguamente aparecían aquí y allá ejércitos que igualaban o incluso superaban a los modernos en tamaño, aun así estos eran solo sucesos raros y pasajeros, mientras que en la historia militar moderna, desde los tiempos de Luis XIV, los ejércitos siempre han sido muy numerosos.
  • Pero la segunda causa es aún más importante y pertenece por completo a los tiempos modernos. Es la conexión interna mucho más estrecha que nuestras guerras tienen en sí mismas, el constante estado de disposición para el combate de los beligerantes dedicados a llevarlas a cabo.

Casi todas las guerras antiguas consisten en empresas aisladas y sin conexión, separadas entre sí por intervalos durante los cuales la guerra en realidad o bien descansaba por completo, y solo seguía existiendo en un sentido político, o bien los ejércitos al menos se habían alejado tanto unos de otros que cada cual, sin preocuparse en absoluto del ejército opuesto, se ocupaba únicamente de sus propias necesidades.

Las guerras modernas, es decir, las guerras que han tenido lugar desde la Paz de Westfalia, han adquirido, gracias a los esfuerzos de los respectivos gobiernos, una forma más sistemática y conexa; el objetivo militar, en general, predomina en todas partes y exige asimismo que los preparativos para la subsistencia se realicen a una escala adecuada.

Ciertamente hubo largos periodos de inacción en las guerras de los siglos XVII y XVIII, que equivalían casi a un cese de la guerra; estos son los periodos regulares transcurridos en acantonamientos; aun así, incluso esos periodos estaban subordinados al objetivo militar; fueron causados por las inclemencias del tiempo, no por ninguna necesidad derivada de la subsistencia de las tropas, y como terminaban regularmente con el retorno del verano, podemos decir, por lo tanto, que en todo caso la acción ininterrumpida fue la regla de la guerra durante la estación apacible del año.

Como la transición de una situación o método de acción a otro tiene lugar siempre de manera gradual, así ocurrió en el caso que nos ocupa.

En las guerras contra Luis XIV, los aliados todavía solían enviar sus tropas a acantonamientos de invierno en provincias distantes para subsistir con mayor facilidad; en la guerra de Silesia eso ya no se hizo.

Esta forma sistemática y conectada de hacer la guerra solo llegó a ser posible cuando los estados tomaron tropas regulares a su servicio en lugar de los ejércitos feudales.

La obligación de la ley feudal se commutó entonces en una multa o contribución: el servicio personal o bien llegó a su fin, sustituyéndose por elistamiento, o solo continuó entre las clases más bajas, ya que la nobleza consideraba el suministro de una cuota de hombres (como aún se hace en Rusia y Hungría) como una especie de tributo, un impuesto en hombres.

En todo caso, como hemos observado en otra parte, los ejércitos se convirtieron desde entonces en un instrumento del gabinete, siendo su base principal el tesoro o los ingresos del gobierno.

Exactamente el mismo género de acontecimientos que tuvo lugar en el modo de reclutar y mantener un cuerpo de tropas no podía dejar de repetirse en el modo de aprovisionarlo.

Habiendo quedado las clases privilegiadas libres del primero de estos servicios mediante el pago de una contribución en dinero, el gasto del segundo no podía serles impuesto de nuevo con tanta facilidad. El gabinete y el tesoro tuvieron, por tanto, que proveer a la subsistencia del ejército, y no pudieron permitir que este se mantuviera en su propio país a expensas del pueblo.

Las administraciones se vieron así obligadas a considerar la subsistencia del ejército como un asunto del que eran específicamente responsables. La subsistencia se volvió de este modo más difícil de dos maneras:

  • primero, porque era un asunto perteneciente al gobierno,
  • y segundo, porque las fuerzas necesitaban estar permanentemente formadas para hacer frente a las mantenidas en otros Estados.

Así surgió en la población una clase militar separada, con una organización independiente provista para su subsistencia, y llevada hasta el extremo de la perfección posible.

No solo se reunían provisiones, ya fuera mediante compras o mediante entregas en especie procedentes de los latifundios (Dominiallieferungen), y por consiguiente desde puntos lejanos, para ser almacenadas en depósitos, sino que también se expedían desde estos por medio de carros especiales, se horneaban cerca de los acuartelamientos de las tropas en hornos instalados provisionalmente y, desde allí, eran finalmente transportadas de nuevo por las tropas mediante otro sistema de transporte adscrito al propio ejército.

Echamos un vistazo a este sistema no solo por ser característico de los preparativos militares de la época, sino también porque es un sistema del que nunca se puede prescindir por completo; algunos de sus elementos deben reaparecer continuamente.

De este modo, la organización militar tendía perpetuamente a volverse más independiente de las personas y del país.

La consecuencia fue que de este modo la guerra se convirtió ciertamente en un asunto más sistemático y más regular, y más subordinado al objetivo militar, es decir, al político; pero al mismo tiempo quedó también muy limitada e impedida en su movimiento, e infinitamente debilitada en su energía.

Pues ahora un ejército estaba atado a sus almacenes de aprovisionamiento, limitado a la capacidad de trabajo de su servicio de transporte, y de ello se deducía naturalmente que la tendencia general era economizar la subsistencia de las tropas. El soldado se alimentaba con una mísera ración de pan, se movía como una sombra, y ninguna perspectiva de un cambio a mejor le consolaba bajo sus privaciones.

Quien considere que este modo miserable de alimentar a los soldados carece de importancia, y señale lo que Federico el Grande hizo con soldados mantenidos de esta manera, solo adopta una visión parcial del asunto.

El poder de soportar privaciones es una de las virtudes más nobles del soldado, y sin él ningún ejército está animado por el verdadero espíritu militar; pero tal privación debe ser de índole temporal, impuesta por la fuerza de las circunstancias, y no la consecuencia de un sistema pésimo o de un cálculo abstracto y parsimonioso de la ración mínima con la que un hombre puede sobrevivir.

Cuando este es el caso, las capacidades de los hombres individualmente siempre se deteriorarán física y moralmente. Lo que Federico el Grande logró hacer con sus soldados no puede tomarse como norma para nosotros, en parte porque se enfrentaba a quienes seguían un sistema similar, y en parte porque no sabemos cuánto más habría podido conseguir si hubiera permitido que sus tropas vivieran como Buonaparte permitía a las suyas siempre que las circunstancias lo hacían posible.

La alimentación de los caballos mediante un sistema artificial de suministros es, sin embargo, un experimento que no se ha probado, porque el forraje es mucho más difícil de proveer debido a su volumen.

Una ración para un caballo pesa aproximadamente diez veces más que una para un hombre, y el número de caballos en un ejército es superior a una décima parte del número de hombres —en la actualidad es de un cuarto a un tercio, y antiguamente era de un tercio a la mitad—; por lo tanto, el peso del forraje requerido es tres, cuatro o cinco veces mayor que el de las raciones del soldado necesarias para el mismo período de tiempo. Por este motivo, se adoptaron los medios más cortos y directos para satisfacer las necesidades de un ejército a este respecto, es decir, mediante expediciones de aportugamiento.

Ahora bien, estas expediciones ocasionaron grandes inconvenientes en la conducción de la guerra de otras maneras: * primero, al hacer que el objetivo principal fuera mantener la guerra en el país enemigo; * y, en segundo lugar, porque imposibilitaban permanecer mucho tiempo en una misma parte del país.

Sin embargo, en la época de la guerra de Silesia, las expediciones de aportugamiento eran mucho menos frecuentes; se descubrió que ocasionaban un desgaste mucho mayor en el país y un desperdicio muy superior al que se produciría si las necesidades se satisfacían mediante requisiciones e impuestos.

Cuando la Revolución Francesa trajo de repente de nuevo al escenario de la guerra un ejército nacional, los medios de que los gobiernos podían disponer resultaron insuficientes, y todo el sistema de guerra, que tenía su origen en la extensión limitada de estos medios y encontraba a su vez su seguridad en esta limitación, se vino abajo; y por supuesto en la ruina del conjunto quedó incluida la de la rama de la que estamos hablando ahora, el sistema de subsistencia.

Sin preocuparse por los almacenes, y menos aún por una organización semejante al mecanismo de relojería artificial del que hemos hablado, mediante el cual las diferentes divisiones del servicio de transporte giraban como una rueda, los líderes de la revolución enviaron a sus soldados al campo, obligaron a sus generales a combatir, subsistieron, reforzaron sus ejércitos y mantuvieron viva la guerra mediante un sistema de exacción y de procurarse todo lo que necesitaban mediante el robo y el pillaje.

Entre estos dos extremos, la guerra bajo Buonaparte y contra él conservó una especie de término medio, es decir, se sirvió precisamente de los medios que mejor le convenían entre todos los disponibles; y así ocurrirá también en el futuro.

El método moderno de abastecer a las tropas, esto es, incautarse de todo lo que se encuentra en el país sin atender al meum et tuum, puede llevarse a cabo de cuatro maneras distintas: a saber, la subsistencia a costa del habitante, las contribuciones que las propias tropas recaudan, las contribuciones generales y los almacenes.

Los cuatro métodos suelen aplicarse conjuntamente, predominando por lo general uno más que los demás; sin embargo, a veces ocurre que se aplica uno solo en su totalidad.

1.—Vivir de los habitantes, o de la comunidad, que es lo mismo.

Si tenemos en cuenta que en una comunidad compuesta, como lo está en las grandes ciudades, únicamente por consumidores, siempre debe haber provisiones suficientes para durar varios días, podemos ver fácilmente que el lugar más densamente poblado puede proporcionar alimentos y alojamiento por un día para tantos soldados como habitantes tenga, y para un número menor de tropas durante varios días sin necesidad de ninguna preparación previa en particular.

En las ciudades de considerable tamaño esto da un resultado muy satisfactorio, porque nos permite abastecer a una gran fuerza en un solo punto.

Pero en las ciudades más pequeñas, o incluso en las aldeas, los suministros distaban mucho de ser suficientes; pues una población de 3000 o 4000 habitantes en una milla cuadrada, lo cual sería mucho para semejante espacio, solo bastaría para alimentar a 3000 o 4000 soldados, y si toda la masa de tropas es numerosa, tendrían que extenderse por una superficie de terreno tal, a este ritmo, que difícilmente sería compatible con otros aspectos esenciales.

Pero en los países llanos, y aun en las ciudades pequeñas, la cantidad de esa clase de víveres que son esenciales en la guerra es por lo general mucho mayor; la provisión de pan que tiene un campesino es por lo común adecuada para el consumo de su familia durante varios días, tal vez de ocho a catorce; la carne se puede obtener a diario, los productos vegetales suelen encontrarse en cantidad suficiente como para durar hasta la cosecha siguiente.

Por lo tanto, en los acantonamientos que nunca han sido ocupados no hay dificultad para subsistir con tropas que tripliquen o cuadrupliquen el número de los habitantes durante varios días, lo cual constituye a su vez un resultado muy satisfactorio.

Según esto, donde la población es de unos 2.000 o 3.000 por milla cuadrada, y si no se incluye ninguna ciudad grande, una columna de 30.000 requeriría unas cuatro millas cuadradas, lo que equivaldría a una longitud de lado de dos millas.

Por lo tanto, para un ejército de 90.000 hombres, que podemos calcular en unos 75.000 combatientes, si marcha en tres columnas contiguas entre sí, necesitaríamos ocupar un frente de seis millas de anchura en caso de que se pudieran encontrar tres caminos dentro de esa anchura.

Si varias columnas se suceden unas a otras en estos acantonamientos, las autoridades civiles deben adoptar medidas especiales, y de ese modo no puede haber gran dificultad en obtener todo lo necesario para uno o dos días más.

Por consiguiente, si a los 90.000 anteriores les sigue al día siguiente un número igual, ni siquiera estos últimos sufrirían escasez; esto suma la gran cifra de 150.000 combatientes.

El forraje para los caballos presenta aún menos dificultad, ya que no requiere ni molienda ni cocción, y como debe haber forraje disponible en cantidad suficiente para abastecer a los caballos en el país hasta la próxima cosecha, por lo tanto, incluso donde la alimentación en establo sea escasa, aun así no debería haber escasez, solo que las entregas de forraje ciertamente deben exigirse a la comunidad en general, no a los habitantes individualmente.

Además, se supone que, por supuesto, se presta cierta atención a la naturaleza del país al hacer los preparativos para una marcha, de modo que no se envíe a la caballería mayormente a lugares de comercio y manufactura, y a distritos donde no hay forraje.

La conclusión que debe sacarse de este rápido vistazo es, por tanto, que en un país moderadamente poblado, es decir, un país de entre 2000 y 3000 almas por milla cuadrada, un ejército de 150 000 combatientes puede ser alimentado por los habitantes y la comunidad durante uno o dos días dentro de un espacio tan reducido que no interfiera con su concentración para la batalla; esto es, por consiguiente, que dicho ejército puede ser alimentado en una marcha continua sin almacenes ni otra preparación.

En este resultado se basaron las empresas del ejército francés en la guerra revolucionaria, y bajo Buonaparte. Marcharon desde el Adigio hasta el bajo Danubio, y desde el Rin hasta el Vístula, con escasos medios de subsistencia aparte de los habitantes, y sin sufrir jamás penurias.

Como sus empresas dependían de la superioridad moral y física, como iban acompañadas de resultados ciertos y nunca se veían retrasadas por la indecisión o la cautela, su avance en la carrera de la victoria fue por consiguiente el de una marcha ininterrumpida.

Si las circunstancias son menos favorables, si la población no es tan numerosa, o si se compone más de artesanos que de agricultores, si el suelo es malo, si el país ha sido ya varias veces invadido, entonces, por supuesto, los resultados no alcanzarán lo que hemos supuesto.

Aun así, debemos recordar que si la anchura del frente de una columna se amplía de dos millas a tres, obtenemos una superficie territorial más del doble de grande; es decir, en lugar de cuatro, dominamos nueve millas cuadradas, y que esto sigue siendo una extensión que, en los casos ordinarios, siempre admitirá la concentración para la acción; vemos, por tanto, que incluso bajo circunstancias desfavorables este método de subsistencia seguirá siendo siempre compatible con una marcha continua.

Pero si se produce una parada de varios días, sobrevendrá una gran angustia si no se han tomado previamente medidas para tal acontecimiento de otro modo.

Ahora bien, estas medidas preparatorias son de dos clases, y sin ellas un ejército considerable ni siquiera hoy en día puede existir.

  • La primera consiste en equipar a las tropas con un tren de carros, mediante el cual se pueda llevar pan o harina, como la parte más esencial de su subsistencia, para unos pocos días, es decir, para tres o cuatro;
  • si a esto añadimos las raciones de tres o cuatro días que el propio soldado puede llevar, entonces habremos provisto lo más indispensable en cuanto a subsistencia para ocho días.

La segunda disposición es la de un comisariado regular, el cual, en cuanto hay un momento de alto, reúne provisiones de localidades distantes, de modo que en cualquier momento podemos pasar del sistema de acuartelamiento en los habitantes a un sistema diferente.

Subsistir en acantonamientos tiene la inmensa ventaja de que casi no se requiere transporte y de que se realiza en el tiempo más breve, pero ciertamente supone como condición previa que se puedan proporcionar acantonamientos para todas las tropas.

2.—Subsistencia mediante exacciones aplicadas por las propias tropas.

Si un solo batallón ocupa un campamento, este podrá situarse en las inmediaciones de algunas aldeas, y estas podrán recibir avisos para proporcionar víveres; entonces el método de subsistencia no diferiría esencialmente del modo precedente.

Pero, como es más habitual, si la masa de tropas que ha de acampar en un punto determinado es mucho mayor, no hay más alternativa que hacer una recolección en común dentro del círculo de distritos señalados al efecto, reuniendo lo suficiente para el suministro de una de las partes del ejército, una brigada o división, y efectuar después una distribución a partir del fondo común así recolectado.

Una primera ojeada muestra que, mediante semejante modo de proceder, la subsistencia de un gran ejército sería materialmente imposible. La colecta realizada en los almacenes de cualquier distrito dado del país será mucho menor que si las tropas se hubieran alojado en el mismo distrito, pues cuando treinta o cuarenta hombres toman posesión de la casa de un agricultor pueden, si es necesario, recoger hasta el último bocado, pero un oficial enviado con unos pocos hombres a requisar provisiones no tiene ni el tiempo ni los medios para buscar todas las provisiones que puedan estar almacenadas en una casa, y a menudo tampoco dispone de los medios de transporte; por tanto, solo podrá recaudar una pequeña proporción de lo que realmente hay disponible.

Además, en los campamentos las tropas se agrupan de tal manera en un solo punto, que el radio de terreno del que se pueden requisar provisiones a la carrera no tiene la extensión suficiente para abastecer la totalidad de lo necesario. ¿Qué se podría hacer en cuanto a suministrar a 30.000 hombres dentro de un círculo de una milla de diámetro, o a partir de una superficie de tres o cuatro millas cuadradas?

Asimismo, rara vez sería posible reunir incluso lo que hay, pues la mayoría de los pueblos más cercanos y contiguos estarían ocupados por pequeños destacamentos de tropas que no permitirían que se retirase nada.

Por último, con una medida así se produciría el mayor de los desperdicios, ya que algunos hombres obtendrían más de lo que necesitan, mientras que una gran cantidad se perdería sin beneficiar a nadie.

El resultado es, por lo tanto, que la subsistencia de las tropas mediante contribuciones forzosas de esta manera solo puede adoptarse con éxito cuando los cuerpos de tropas no son demasiado grandes, sin exceder una división de 8.000 o 10.000 hombres, e incluso entonces solo debe recurrirse a ello como un mal inevitable.

Esto no puede evitarse en general en el caso de las tropas situadas directamente frente al enemigo, como las guardias avanzadas y los puestos de avanzada, cuando el ejército está avanzando, porque estos cuerpos deben llegar a puntos donde no se habrán podido hacer preparativos, y por lo general están demasiado lejos de los víveres acumulados para el resto del ejército; además, en el caso de columnas móviles que actúan de forma independiente; y por último, en todos los casos en que por casualidad no haya tiempo ni medios para procurarse la subsistencia de ningún otro modo.

Cuanto más acostumbran las tropas a vivir de requisiciones regulares, cuanto más permiten el tiempo y las circunstancias la adopción de ese modo de subsistencia, tanto más satisfactorio será el resultado. Pero por lo general falta el tiempo, pues lo que las tropas consiguen por sí mismas directamente se obtiene con mucha mayor rapidez.

3.—Mediante requisiciones regulares.

Este es, sin duda, el medio más sencillo y eficaz de subsistencia para las tropas, y ha sido la base de todas las guerras modernas.

Se diferencia del modo precedente principalmente por contar con la cooperación de las autoridades locales.

El suministro en este caso no debe ser arrebatado por la fuerza precisamente del lugar donde se encuentra, sino ser entregado de manera regular conforme a una división equitativa de la carga. Dicha división solo puede ser realizada por las autoridades oficiales reconocidas del país.

En esto todo depende del tiempo. Cuanto más tiempo haya, más general podrá hacerse la división, menos pesará sobre los individuos y más regular será el resultado. Incluso se pueden hacer compras con dinero al contado como ayuda, acercándose así al método que sigue a continuación en orden (Magazines).

En todas las concentraciones de tropas en su propio país no hay dificultad para subsistir mediante requisiciones regulares; tampoco, por regla general, la hay en los movimientos retrógrados. Por otra parte, en todos los movimientos hacia un país de los que no estamos en posesión, hay muy poco tiempo para tales preparativos, rara vez más del único día que la vanguardia suele preceder al ejército.

Con la vanguardia se envían las requisiciones a los funcionarios locales, especificando cuántas raciones deben tener listas en tales o cuales lugares. Como estas solo pueden proporcionarse en las inmediaciones, es decir, en un radio de un par de millas alrededor de cada punto, las colectas hechas así a la carrera nunca serán ni con mucho suficientes para un ejército de considerable fuerza y, en consecuencia, si las tropas no llevan consigo lo suficiente para varios días, escasearán los víveres. Por lo tanto, es deber del comisariado economizar lo que se recibe y entregarlo únicamente a aquellas tropas que no tienen nada.

Sin embargo, con cada día que pasa, el apuro disminuye; es decir, si las distancias desde las cuales se pueden obtener víveres aumentan en proporción al número de días, entonces el área superficial sobre la cual se pueden recaudar las contribuciones aumenta según los cuadrados de las distancias ganadas.

Si en el primer día solo se ha recurrido a cuatro millas cuadradas, al día siguiente tendremos dieciséis, al tercero, treinta y seis; por lo tanto, el segundo día doce más que en el primero, y el tercer día veinte más que en el segundo.

Por supuesto, esto es meramente un cálculo aproximado de lo que puede suceder, sujeto a muchas circunstancias modificatorias que pueden intervenir, de las cuales la principal es que un distrito puede no ser capaz de contribuir como otro.

Pero, por otra parte, también debemos recordar que el radio dentro del cual podemos recaudar puede aumentar más de dos millas al día en anchura, tal vez tres o cuatro, o en muchos lugares aún más.

La debida ejecución de estas requisiciones se impone mediante destacamentos puestos bajo las órdenes de los funcionarios públicos, pero aún más por el temor a la responsabilidad, al castigo y a los malos tratos que, en tales casos, como un peso general, gravita sobre toda la población.

Sin embargo, no es nuestra intención entrar en detalles —en toda la maquinaria de intendencia y subsistencia del ejército—; solo tenemos los resultados a la vista.

El resultado que se deduce de una perspectiva de sentido común de todas las circunstancias en general, y la opinión que la experiencia de las guerras desde la revolución francesa tiende a confirmar, es que incluso el ejército más grande, si lleva consigo provisiones para unos pocos días, puede sin duda mantenerse mediante contribuciones que, comenzando en el momento de entrar en un país, afectan al principio solo a los distritos en la vecindad inmediata del ejército, pero después, con el tiempo, se recaudan a mayor escala, sobre una extensión de país siempre creciente y con un peso de autoridad cada vez mayor.

Este recurso no tiene más límites que los del agotamiento, el empobrecimiento y la devastación del país. Cuando la estancia de un ejército invasor se prolonga durante algún tiempo, la administración de este sistema pasa por fin a manos de quienes ocupan los cargos oficiales más elevados; y estos, naturalmente, hacen todo lo posible por igualar su presión tanto como sea mediante compras, y por aliviar el peso del impuesto; al mismo tiempo, incluso un invasor, cuando su estancia se prolonga en el país de su enemigo, no suele ser tan bárbaro e imprudente como para cargar sobre ese país la totalidad del peso de su mantenimiento; así, el sistema de contribuciones se aproxima por sí mismo gradualmente al de los almacenes de víveres, sin dejar de ser por ello por completo, ni perder sensiblemente nada de esa influencia que ejerce sobre las operaciones de la guerra; pues hay una gran diferencia entre el caso en que algunos de los recursos que se han extraído de un país son reemplazados por suministros traídos de puntos más lejanos (siguiendo el país, no obstante, siendo en lo sustancial la fuente de la que depende el ejército para sus suministros), y el caso de un ejército que —como en el siglo XVIII— provee a todas sus necesidades con sus propios recursos, sin que el país en el que opera contribuya, por regla general, en nada a su sostenimiento.

La gran diferencia consiste en dos cosas: a saber, el empleo de los medios de transporte del país y de sus hornos. De este modo, esa enorme carga de cualquier ejército, ese íncubo que siempre está destruyendo su propia obra, un tren de transporte militar, casi desaparece por completo.

Es verdad que aun hoy ningún ejército puede prescindir por completo de algunos carros de víveres, pero su número se ha visto inmensamente reducido, y apenas se requiere más que lo suficiente para trasladar el excedente de un día al siguiente.

Circunstancias peculiares, como en Rusia en 1812, pueden obligar de nuevo a un ejército a llevar un tren enorme, así como hornos de campaña; pero, en primer lugar, estos son casos excepcionales, pues ¡qué raras veces ocurrirá que 300.000 hombres realicen un avance hostil de 130 millas por casi un solo camino, y ello a través de países como Polonia y Rusia, y poco antes de la época de la cosecha!; y, en segundo lugar, cualquier medio de abastecimiento adjunto a un ejército en tales casos solo puede considerarse como una ayuda en caso de necesidad, debiendo considerarse siempre las contribuciones del país como la base de todo el sistema de abastecimiento.

Desde las primeras campañas de la guerra revolucionaria francesa, el sistema de requisa ha constituido constantemente el puntal de sus ejércitos; los ejércitos que se les oponían también se vieron obligados a adoptar el mismo sistema, y no es nada probable que llegue a ser abandonado jamás.

No hay ningún otro que pueda sustituirlo con los mismos resultados, tanto en lo que respecta a su simplicidad y ausencia de restricciones, como en lo que atañe a la energía en la prosecución de la guerra.

Como un ejército rara vez se ve en dificultades por causa de las provisiones durante las primeras tres o cuatro semanas de una campaña, cualquiera que sea la dirección que tome, y posteriormente puede ser auxiliado por los almacenes, bien podemos decir que por este método la guerra ha adquirido la más perfecta libertad de acción.

Ciertamente las dificultades pueden ser mayores en una dirección que en otra, y eso puede tener peso en la deliberación preliminar; pero nunca podemos tropezar con una imposibilidad absoluta, y la atención que se debe al asunto de la subsistencia jamás puede decidir una cuestión de manera imperativa.

A esto solo hay una excepción, y es la retirada a través de un país enemigo. En tal caso, se reúnen muchas de las incomodidades relacionadas con la subsistencia.

La operación es de carácter continuo, llevada a cabo generalmente sin una parada digna de mención; por lo tanto, no hay tiempo para conseguir provisiones; las circunstancias bajo las cuales comienza la operación suelen ser desfavorables, por lo que es necesario mantener a las tropas en masa, y no se puede permitir la dispersión en acantonamientos, ni siquiera ninguna extensión considerable en la anchura de la columna; el sentimiento hostil del país excluye la posibilidad de cualquier recaudación de contribuciones mediante meras órdenes emitidas sin el respaldo de una fuerza capaz de ejecutar la orden; y, por último, el momento es de lo más propicio para que los habitantes den rienda suelta a sus sentimientos mediante actos de hostilidad.

Debido a todo esto, un ejército en tal situación se ve obligado generalmente a ceñirse estrictamente a sus líneas de comunicación y retirada previamente preparadas.

Cuando Buonaparte tuvo que retirarse en 1812, le fue imposible hacerlo por otra línea que no fuera aquella por la que había avanzado, debido a la subsistencia de su ejército; y si hubiera intentado cualquier otra, solo se habría precipitado hacia una destrucción más rápida y segura; toda la censura, por lo tanto, que le ha sido dirigida tanto por escritores franceses como por otros respecto a este punto es pura patraña.

4.—Subsistencia a través de las revistas.

Si hemos de hacer una distinción genérica entre este método de subsistencia de las tropas y el precedente, debe ser mediante una organización como la que existió durante unos treinta años a finales del siglo XVII y durante el XVIII.

¿Puede volver a aparecer esta organización?

Ciertamente no podemos concebir cómo se puede prescindir de ella si los grandes ejércitos han de quedar encadenados durante siete, diez o doce años en un solo lugar, como lo han estado antiguamente en los Países Bajos, en el Rin, en el Alto Italia, en Silesia y en Sajonia; pues ¿qué país puede soportar durante tanto tiempo la carga de dos grandes ejércitos, haciendo de ellos la fuente exclusiva de sus suministros, sin quedar totalmente arruinado al fin y, por consiguiente, volviéndose incapaz de satisfacer las demandas de forma gradual?

Pero aquí surge naturalmente la pregunta: ¿prescribirá la guerra el sistema de subsistencia, o dictará este último la naturaleza de la guerra? A esto respondemos: el sistema de subsistencia controlará la guerra, en primer lugar, en la medida en que las demás condiciones de las que depende lo permitan; pero cuando se invadan estas últimas, la guerra reaccionará sobre el sistema de subsistencia y, en tal caso, lo determinará.

Una guerra llevada a cabo mediante el sistema de requisiciones y suministros locales proporcionados sobre el terreno tiene tal ventaja sobre otra que se libra dependiendo de las entregas de los almacenes, que esta última ni siquiera se parece al mismo instrumento.

Ningún Estado se aventurará, por tanto, a enfrentarse a la primera con la segunda; y si algún ministro de la guerra fuera tan de miras estrechas y ciego a las circunstancias como para ignorar la relación real que guardan ambos sistemas entre sí, enviando al campo un ejército que deba vivir según el viejo sistema, la fuerza de las circunstancias arrastraría consigo al comandante de ese ejército, y el sistema de requisiciones estallaría por sí solo.

Si consideramos además que los grandes gastos que acompañan a semejante organización deben reducir necesariamente la magnitud del armamento en otros aspectos, incluido por supuesto el número real de soldados combatientes, ya que ningún Estado posee una riqueza sobreabundante, entonces no parece probable que se vuelva a recurrir a tal organización a menos que sea adoptada por los beligerantes de común acuerdo, una idea que no pasa de ser un mero juego de la imaginación.

Por consiguiente, cabe esperar que de ahora en adelante las guerras comiencen siempre por el sistema de requisas; cuánto hará uno u otro gobierno para complementarlo mediante una organización artificial con el fin de ahorrar su propio país, etc., etc., está por verse; que no será demasiado podemos darlo por seguro, pues en tales momentos la tendencia es atender a las necesidades más urgentes, y un sistema artificial para el mantenimiento de las tropas no entra en esa categoría.

Pero ahora bien, si una guerra no es tan decisiva en sus resultados, si sus operaciones no son tan abarcadoras como es compatible con su verdadera naturaleza, entonces el sistema de requisiciones comenzará a agotar al país en el que se lleva a cabo hasta tal punto que o bien debe hacerse la paz, o deben encontrarse medios para aligerar la carga sobre el país y volverse independiente de este para el abastecimiento del ejército.

Este último fue el caso del ejército francés bajo el mando de Bonaparte en España, pero lo primero ocurre con mucha más frecuencia. En la mayoría de las guerras, el agotamiento del Estado aumenta hasta tal punto que, en lugar de pensar en continuar la guerra a un costo aún mayor, la necesidad de paz se vuelve tan urgente que resulta imperativa.

Así, desde este punto de vista, el método moderno de hacer la guerra tiende a acortar la duración de las guerras.

Al mismo tiempo, no debemos negar categóricamente la posibilidad de que el antiguo sistema de subsistencia reaparezca en futuras guerras; quizás sea utilizado por los beligerantes en lo sucesivo, cuando la naturaleza de sus relaciones mutuas los impulse a ello y las circunstancias sean favorables para su adopción; pero jamás podremos ver en ese sistema una organización natural; es más bien un crecimiento anormal permitido por las circunstancias, pero que nunca puede surgir de la guerra en su verdadero sentido.

Menos aún podemos considerar dicha forma o sistema como un perfeccionamiento de la guerra bajo el pretexto de ser más humano, pues la guerra en sí misma no es un procedimiento humano.

Elija el método que se elija para proporcionar la subsistencia, es perfectamente natural que este se lleve a cabo con mayor facilidad en los países ricos y bien poblados que en medio de una población pobre y escasa.

Que deba tenerse en cuenta la población radica en la doble relación que este elemento guarda con la cantidad de víveres que se encuentran en un país:

  • primero, porque donde el consumo es grande, la provisión para satisfacer ese consumo es también grande;
  • y, en segundo lugar, porque, por regla general, una gran población también produce a gran escala.

De esto debemos exceptuar sin duda a los distritos poblados principalmente por fabricantes, en particular cuando, como suele ocurrir, tales distritos se encuentran en valles montañosos rodeados de tierras improductivas; pero en la generalidad de los casos siempre resulta mucho más fácil alimentar a las tropas en un país muy poblado que en uno poco habitado.

Un ejército de 100.000 hombres no puede sostenerse en cuatrocientas millas cuadradas habitadas por 400.000 personas tan bien como lo haría en cuatrocientas millas cuadradas con una población de 2.000.000 de habitantes, aun suponiendo que el suelo sea igualmente bueno en ambos casos.

Además, las carreteras y los medios de transporte fluvial son mucho mejores en los países ricos y ofrecen una mayor variedad; al ser más numerosos, los medios de transporte son más abundantes y las relaciones comerciales, más fáciles y seguras.

En una palabra, hay infinitamente menos dificultad para mantener un ejército en Flandes que en Polonia.

La consecuencia es que la guerra, con sus múltiples tentáculos, se instala preferentemente a lo largo de los caminos reales, cerca de ciudades populosas, en los fértiles valles de los grandes ríos o en aquellas costas marinas que están muy frecuentadas.

Esto muestra claramente cómo la subsistencia de las tropas puede ejercer una influencia general en la dirección y la forma de las operaciones militares, así como en la elección del teatro de operaciones y de las líneas de comunicación.

La extensión de esta influencia, qué peso ha de atribuirse a la facilidad o dificultad de aprovisionar a las tropas, todo eso en el cálculo depende en gran medida de la forma en que la guerra deba ser conducida.

Si ha de llevarse a cabo en su espíritu real, es decir, con la fuerza desenfrenada que pertenece a su elemento, con un avance constante hacia, o una búsqueda de, el combate y la solución decisiva, entonces el sustento de las tropas, aunque importante, no es más que un asunto secundario;

pero si ha de haber un estado de equilibrio durante el cual los ejércitos se mueven aquí y allá en la misma provincia durante varios años, entonces la subsistencia debe convertirse a menudo en lo principal, el intendente en el comandante en jefe, y la conducción de la guerra en una administración de carretas.

Hay innumerables campañas de este género en las que no ocurrió nada; los planes fracasaron, las fuerzas se emplearon sin propósito, siendo la única excusa el pretexto de la falta de subsistencia; por otra parte, Buonaparte solía decir «¡Que no me hablen de víveres!»

Ciertamente, aquel general en la campaña de Rusia demostró que tal temeridad puede llevarse demasiado lejos; pues, por no decir que quizás toda su campaña se arruinó por esa sola causa, lo cual en el mejor de los casos sería solo una suposición, sigue estando fuera de duda que a su falta de consideración por el sustento de sus tropas debió la desaparición extraordinaria de su ejército en el avance y su absoluta ruina en la retirada.

Pero aunque reconozcamos plenamente en Buonaparte al audaz jugador que se arriesga a muchos extremos insensatos, podemos decir con justicia que él y los generales revolucionarios que le precedieron disiparon un poderoso prejuicio respecto a la subsistencia de las tropas, y demostraron que jamás debe ser contemplada bajo otra luz que no sea la de una condición de la guerra, jamás como un objetivo.

Además, con la privación en la guerra ocurre exactamente lo mismo que con el esfuerzo físico y el peligro; las exigencias que el general puede hacer a su ejército no tienen límites definidos; un carácter de hierro exige más que un hombre débil y sensible; asimismo, la resistencia de un ejército varía de grado, según que el hábito, el espíritu militar, la confianza y el afecto hacia el comandante, o el entusiasmo por la causa de la patria, mantengan la voluntad y la energía del soldado.

Pero podemos considerar esto como un principio establecido: que la privación y la penuria, por muy lejos que se lleven, nunca deben considerarse sino como estados de transición a los que debe suceder un estado de abundancia, e incluso de superfluidad.

¿Puede haber algo más conmovedor que el pensamiento de tantos miles de soldados, mal vestidos, con mochilas a la espalda que pesan treinta o cuarenta libras, esforzándose por todo tipo de caminos, en cualquier clase de tiempo, durante días y días ininterrumpidamente en marcha, con la salud y la vida siempre en peligro, y a pesar de todo incapaces de conseguir una ración suficiente de pan seco? Cualquiera que sepa cuán a menudo ocurre esto en la guerra, no alcanza a comprender cómo no conduce con más frecuencia a una negativa de la voluntad y de las facultades para seguir sometiéndose a tales exigencias, y cómo la mera inclinación impresa constantemente en la imaginación de los seres humanos en una sola dirección es capaz de suscitar primero, y sostener después, esfuerzos tan increíbles.

Que cualquiera, pues, que imponga grandes privaciones a sus hombres porque los grandes objetivos exigen tal prueba de resistencia, tenga siempre presente por prudencia, si no se lo dictan sus propios sentimientos, que hay una recompensa para tales sacrificios que está obligado a pagar en algún otro momento.

Tenemos ahora que considerar la diferencia que se produce respecto a la cuestión de la subsistencia en la guerra, según que la acción sea ofensiva o defensiva.

El defensor se encuentra en condiciones de hacer uso ininterrumpido de los víveres que ha podido acumular de antemano, mientras dure su acto defensivo.

Por consiguiente, el bando defensor difícilmente puede carecer de las necesidades de la vida, en particular si se encuentra en su propio país; pero esto también es válido incluso en el del enemigo.

El atacante, por otra parte, se aleja de sus recursos y, mientras avanza y aun durante las primeras semanas después de detenerse, debe procurarse día a día lo que necesita, y esto muy rara vez puede hacerse sin que se experimenten privaciones e incomodidades.

Esta dificultad se experimenta con toda su intensidad en dos momentos particulares: primero, en la marcha de aproximación, antes de que se produzca la decisión; entonces, los suministros del bando defensor están todos a mano, mientras que el atacante se ha visto obligado a dejar los suyos atrás; se ve en la necesidad de mantener sus masas concentradas y, por tanto, no puede desplegar su ejército en un espacio considerable; ni siquiera sus transportes pueden mantenerse cerca de él cuando inicia sus movimientos preliminares a una batalla.

Si sus preparativos no se han hecho muy bien, puede suceder fácilmente en este momento que su ejército carezca de suministros durante varios días antes de la batalla decisiva, lo que ciertamente no es un medio para llevarlo al combate en su máximo estado de eficacia.

La segunda vez que surge un estado de necesidad es al final de una carrera victoriosa, si las líneas de comunicación empiezan a ser demasiado largas, especialmente si la guerra se lleva a cabo en un país pobre y escasamente poblado, y tal vez también en medio de un pueblo cuyos sentimientos son hostiles.

¡Qué enorme diferencia entre una línea de comunicación de Vilna a Moscú, en la que cada carruaje debe ser incautado por la fuerza, y una línea desde Colonia, pasando por Lieja, Lovaina, Bruselas, Mons y Valenciennes, hasta París, donde un contrato mercantil o una letra de cambio bastarían para procurar millones de raciones.

Con frecuencia ha resultado de la dificultad de que ahora hablamos el oscurecimiento del esplendor de las victorias más brillantes, la reducción de las fuerzas del ejército victorioso, la necesidad de una retirada y, luego, gradualmente, la producción de todos los síntomas de una derrota real.

El forraje, del cual, como ya hemos dicho antes, suele haber al principio menor escasez, es el que antes empezará a escasear si un país empieza a agotarse, pues es el suministro más difícil de conseguir desde lejos debido a su volumen, y el caballo acusa los efectos de una alimentación escasa mucho antes que el hombre.

Por esta razón, una caballería y una artillería excesivamente numerosas pueden convertirse en una verdadera carga y en un elemento de debilidad para un ejército.

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