Ya hemos explicado en qué consiste la defensiva en general, a saber, nada más que una forma más fuerte de hacer la guerra, mediante la cual nos esforzamos por arrebatar una victoria para, después de haber obtenido la superioridad, pasar a la ofensiva, es decir, al objetivo positivo de la guerra.
Aun cuando la intención de una guerra sea únicamente el mantenimiento del statu quo, la mera parada de un golpe es algo que contradice por completo el concepto del término guerra, porque la conducción de la guerra no es, en absoluto, un mero estado de resistencia.
Si el defensor ha obtenido una ventaja importante, la forma defensiva habrá cumplido su cometido y, bajo la protección de este éxito, deberá devolver el golpe; de lo contrario, se expondrá a una destrucción segura. El sentido común señala que el hierro debe batirse mientras está caliente, que debemos aprovechar la ventaja obtenida para defendernos de un segundo ataque.
Cómo, cuándo y dónde debe comenzar esta reacción está sujeto ciertamente a una serie de otras condiciones que solo podremos explicar más adelante. Por el momento nos atenemos a esto: que siempre debemos considerar esta transición a la contraofensiva como una tendencia natural de la defensiva y, por tanto, como un elemento esencial de esta misma, y que siempre debemos concluir que hay algo equivocado en la dirección de una guerra cuando una victoria obtenida mediante la forma defensiva no se aprovecha de ningún modo, sino que se deja desvanecer.
Una rápida y enérgica asunción de la ofensiva —la espada fulgurante de la venganza— es el punto más brillante de la defensiva; quien no piensa en ella de inmediato en el momento oportuno, o mejor dicho, quien no incluye desde un principio esta transición en su idea de la defensiva, nunca comprenderá la superioridad de esta como forma de guerra; estará pensando por siempre únicamente en los medios que consumirá el enemigo y que nosotros obtendremos mediante la ofensiva, medios que, sin embargo, dependen no de atar el nudo, sino de desatarlo.
Además, es una estúpida confusión de ideas si, bajo el término ofensiva, entendemos siempre ataque repentino o sorpresa, y en consecuencia bajo la defensiva no imaginamos más que desconcierto y confusión.
Es verdad que un conquistador toma su determinación de ir a la guerra antes que el defensor inconsciente, y si sabe mantener debidamente en secreto sus medidas, tal vez pueda también tomar al defensor por sorpresa; pero esto es algo completamente ajeno a la guerra misma, pues no debería ser así.
La guerra tiene lugar en realidad más por la defensiva que por el conquistador, ya que la invasión solo provoca resistencia, y no es sino hasta que hay resistencia cuando hay guerra. Un conquistador es siempre un amante de la paz (como afirmaba siempre de sí mismo Buonaparte); le gustaría hacer su entrada en nuestro Estado sin oposición; para evitar esto, debemos elegir la guerra y, por tanto, hacer también preparativos; en otras palabras, es precisamente el débil, o aquella parte que debe defenderse, la que debe estar siempre armada para no ser tomada por sorpresa; así lo quiere el arte de la guerra.
La aparición de un bando antes que el otro en el teatro de la guerra depende, además, en la mayoría de los casos, de factores muy distintos a la perspectiva de la ofensiva o la defensiva.
Pero aunque la perspectiva de una u otra de estas formas no sea la causa, a menudo es el resultado de dicha prioridad de aparición.
Quien esté listo primero obrará por ello ofensivamente, si la ventaja de la sorpresa es lo suficientemente grande como para hacerlo conveniente; y la parte que sea la última en estar lista solo podrá entonces compensar en cierta medida la desventaja que la amenaza mediante las ventajas de la defensiva.
Al mismo tiempo, debe considerarse en general como una ventaja para el atacante el poder hacer ese buen uso de ser el primero en el campo que se ha señalado en el tercer libro; solo que esta ventaja general no es una necesidad absoluta en todos los casos.
Si, por consiguiente, nos figuramos una defensa tal como debe ser, debemos suponerla con toda preparación posible de todos los medios, con un ejército apto para la guerra y habituado a ella, con un general que no aguarda a su adversario con la ansiedad de un embarazoso sentimiento de incertidumbre, sino por su propia libre elección, con serena presencia de ánimo, con fortalezas que no temen un asedio y, por último, con un pueblo leal que teme al enemigo tan poco como este lo teme a él.
Con tales atributos, la defensa no desempeñará un papel tan despreciable en oposición al ataque, y este no parecerá una forma de guerra tan fácil y segura como se muestra en la sombría imaginación de quienes solo ven en la ofensiva valor, fuerza de voluntad y energía; y en la defensiva, impotencia y apatía.