El Combate es la verdadera actividad guerrera, todo lo demás es sólo su auxiliar; echemos, por tanto, una mirada atenta a su naturaleza.
El combate significa lucha, y en esto el objeto es la destrucción o la conquista del enemigo, y el enemigo, en el combate particular, es la fuerza armada que se opone a nosotros.
Esta es la idea simple; volveremos a ella, pero antes de poder hacerlo debemos intercalar una serie de otras.
Si suponemos al Estado y su fuerza militar como una unidad, entonces la idea más natural es imaginar la Guerra también como un gran combate, y en las simples relaciones de las naciones salvajes tampoco es muy distinta.
Pero nuestras Guerras se componen de una serie de grandes y pequeños combates simultáneos o sucesivos, y esta separación de la actividad en tantas acciones distintas se debe a la gran multiplicidad de las relaciones de las que surge la Guerra entre nosotros.
En realidad, el objeto último de nuestras guerras, el político, no siempre es del todo simple; y aun si lo fuera, la acción sigue estando ligada a tal cantidad de condiciones y consideraciones que deben tenerse en cuenta, que el objeto ya no puede alcanzarse mediante un solo gran acto, sino solo a través de una serie de actos mayores o menores que forman un todo; cada uno de estos actos separados es, por tanto, parte de un todo y tiene consecuentemente un objeto especial por el cual está unido a ese todo.
Ya hemos dicho que todo acto estratégico puede remitirse a la idea de un combate, porque es un empleo de la fuerza militar, y en la raíz de este siempre subyace la idea de la lucha.
Podemos, por tanto, reducir toda actividad militar en el ámbito de la estrategia a la unidad de los combates singulares, y ocuparnos únicamente del objetivo de estos; iremos conociendo estos objetivos especiales de manera gradual a medida que hablemos de las causas que los producen; aquí nos contentamos con decir que todo combate, grande o pequeño, tiene su propio objetivo peculiar subordinado al objetivo principal.
Siendo este el caso, la destrucción y la conquista del enemigo deben considerarse únicamente como el medio para alcanzar dicho objetivo; como indudablemente lo son.
Pero este resultado es verdadero solo en su forma, e importante únicamente a causa de la conexión que las ideas tienen entre sí, y solo lo hemos buscado para desembarazarnos de él de una vez.
¿Qué es vencer al enemigo? Invariablemente, la destrucción de su fuerza militar, ya sea por la muerte, o por heridas, o por cualquier medio; ya sea de forma completa o solo hasta el punto en que ya no pueda continuar la lucha; por lo tanto, siempre que dejemos de lado todos los objetivos especiales de los combates, podemos considerar la destrucción total o parcial del enemigo como el único objetivo de todos los combates.
Ahora bien, sostenemos que en la mayoría de los casos, y especialmente en las grandes batallas, el objeto especial por el cual la batalla se individualiza y se vincula al gran todo es solo una débil modificación de ese objeto general, o un objeto auxiliar vinculado a él, lo suficientemente importante como para individualizar la batalla, pero siempre insignificante en comparación con ese objeto general; de modo que, si se obtuviera únicamente ese objeto auxiliar, solo se cumpliría una parte sin importancia del propósito del combate.
Si esta afirmación es correcta, entonces vemos que la idea según la cual la destrucción de la fuerza del enemigo es solo el medio, y otra cosa siempre el objeto, solo puede ser verdadera en la forma, pero que conduciría a conclusiones falsas si no recordamos que esta destrucción de la fuerza del enemigo está comprendida en dicho objeto, y que este objeto es solo una débil modificación de aquella.
El olvido de esto condujo a puntos de vista completamente falsos antes de las guerras del último período, y creó tanto tendencias como fragmentos de sistemas en los cuales la teoría creía elevarse tanto más por encima del oficio cuanto menos suponía que necesitaba el uso del instrumento real, esto es, la destrucción de la fuerza del enemigo.
Ciertamente semejante sistema no habría podido surgir de no estar respaldado por otras falsas suposiciones, y de no haberse sustituido la destrucción del enemigo por otras cosas a las que se atribuyó una eficacia que no les correspondía con justicia.
Atacaremos estas falsedades siempre que la ocasión lo requiera, pero no podríamos tratar del combate sin reclamar para él la importancia y el valor reales que le pertenecen, y sin advertir contra los errores a los que la verdad meramente formal podría conducir.
¿Pero ahora cómo nos arreglaremos para demostrar que en la mayoría de los casos, y en los de mayor importancia, la destrucción del Ejército enemigo es lo principal?
¿Cómo nos arreglaremos para combatir esa idea extremadamente sutil que supone posible, mediante el uso de una forma artificial especial, efectuar a través de una pequeña destrucción directa de las fuerzas enemigas una destrucción mucho mayor de manera indirecta, o por medio de pequeños pero excelentemente dirigidos golpes producir tal paralización de las fuerzas del enemigo, tal dominio sobre la voluntad del enemigo, que este modo de proceder debe ser considerado como un gran atajo?
Indudablemente, una victoria en un punto puede tener más valor que en otro. Indudablemente existe una disposición científica de las batallas entre sí, incluso en la Estrategia, que no es de hecho sino el Arte de disponerlas de este modo. Negar eso no es nuestra intención, pero afirmamos que la destrucción directa de las fuerzas enemigas es en todas partes predominantemente primordial; defendemos aquí la importancia decisiva de este principio destructivo y nada más.
Debemos, sin embargo, tener presente que ahora nos ocupamos de la Estrategia, no de la táctica; por consiguiente, no hablamos de los medios que la primera pueda tener para destruir a bajo costo a una gran masa de las fuerzas enemigas, sino que por destrucción directa entendemos los resultados tácticos, y que, por tanto, nuestra afirmación es que solo los grandes resultados tácticos pueden conducir a los grandes resultados estratégicos, o, como ya lo hemos expresado con mayor claridad en otra ocasión, los éxitos tácticos son de primordial importancia en la conducción de la Guerra.
La prueba de esta afirmación nos parece bastante simple; radica en el tiempo que exige toda combinación complicada (artificial). La cuestión de si un ataque simple, o uno más cuidadosamente preparado, es decir, más artificial, producirá mayores efectos, puede decidirse sin duda en favor de este último, siempre que se suponga que el enemigo permanece completamente pasivo.
Pero todo ataque cuidadosamente combinado requiere tiempo para su preparación, y si interviene un contragolpe por parte del enemigo, todo nuestro plan puede venirse abajo. Ahora bien, si el enemigo decide emprender algún ataque simple, que pueda ejecutarse en menor tiempo, entonces toma la iniciativa y destruye el efecto del gran plan.
Por tanto, junto con la conveniencia de un ataque complicado, debemos considerar todos los peligos que corremos durante su preparación, y solo debemos adoptarlo si no hay razón para temer que el enemigo desconcierte nuestro plan. Siempre que este sea el caso, debemos elegir nosotros mismos el camino más sencillo, es decir, más rápido, y reducir nuestras pretensiones en este sentido tanto como el carácter, las relaciones del enemigo y otras circunstancias puedan hacerlo necesario.
Si abandonamos las débiles impresiones de las ideas abstractas y descendemos al ámbito de la vida práctica, resulta evidente que un enemigo audaz, valiente y resuelto no nos dará tiempo para combinaciones amplias y hábiles, y es precisamente contra un enemigo así que más necesitaríamos la habilidad.
Por esto nos parece que queda demostrada de manera concluyente la ventaja de los resultados simples y directos sobre los complicados.
Nuestra opinión no es por ello que el golpe simple sea el mejor, sino que no debemos levantar el brazo demasiado para el tiempo concedido al ataque, y que esta condición conducirá siempre tanto más al combate directo cuanto más belicoso sea nuestro oponente. Por tanto, lejos de proponernos ganar terreno al enemigo mediante planes complicados, debemos procurar más bien adelantarnos a él mediante una mayor simplicidad en nuestros diseños.
Si buscamos los cimientos más profundos de estas proposiciones contrarias, hallamos que en la una es la aptitud, y en la otra, el valor.
Ahora bien, hay algo muy atractivo en la idea de que un grado moderado de valor unido a una gran aptitud producirá mayores efectos que una aptitud moderada con un gran valor.
Pero a menos que supongamos estos elementos en una relación desproporcionada, no lógica, no tenemos derecho a atribuirle a la aptitud esta ventaja sobre el valor en un campo que se llama peligro, y que debe considerarse como el verdadero dominio del valor.
Después de esta vista abstracta solo añadiremos que la experiencia, muy lejos de conducir a una conclusión diferente, es más bien la única causa que nos ha impulsado en esta dirección y ha dado lugar a tales reflexiones.
Quien lea la historia con una mente libre de prejuicios no puede dejar de llegar al convencimiento de que, de todas las virtudes militares, la energía en la conducción de las operaciones ha contribuido siempre en mayor medida a la gloria y al éxito de las armas.
Cómo hacemos valer nuestro principio de considerar la destrucción de la fuerza del enemigo como el objeto principal, no solo en la guerra en su conjunto, sino también en cada combate por separado, y cómo ese principio se adapta a todas las formas y condiciones exigidas necesariamente por las relaciones de las que brota la guerra, lo mostrará la continuación.
Por ahora, todo lo que deseamos es sostener su importancia general, y con este resultado volvemos nuevamente al combate.