Nuestro propósito en el razonamiento anterior ha sido demostrar claramente que ninguna conquista puede terminarse demasiado pronto, que prolongarla durante un espacio de tiempo mayor del estrictamente necesario para su conclusión, en lugar de facilitar la empresa, la hace más difícil.
Si esta afirmación es verdadera, también lo es además el hecho de que, si somos lo suficientemente fuertes para llevar a cabo una determinada conquista, debemos serlo igualmente para realizarla en una sola marcha y sin estaciones intermedias. Naturalmente, con esto no queremos decir que se prescinda de breves altos para concentrar las fuerzas y tomar otras disposiciones indispensables.
Según esta opinión, que considera esencial para la guerra ofensiva el carácter de un esfuerzo rápido y persistente hacia la decisión, creemos haber descartado por completo todos los fundamentos de aquella teoría que, en lugar de la irresistible y continua explotación de la victoria, sustituiría un sistema lento y metódico por considerarlo más seguro y prudente.
Pero aun para aquellos que nos han seguido fácilmente hasta aquí, nuestra afirmación tiene tal vez, después de todo, tanto aspecto de paradoja, y se opone y choca tanto a primera vista con una opinión que, como un viejo prejuicio, ha echado profundas raíces y ha sido repetida mil veces en los libros, que hemos considerado conveniente examinar más de cerca el fundamento de aquellos argumentos plausibles que puedan presentarse.
Sin duda es más fácil alcanzar un objeto cercano que uno distante, pero cuando el más cercano no se adapta a nuestro propósito, no se sigue de ello que dividir el trabajo, que un punto de descanso, vaya a permitirnos superar la segunda mitad del camino con mayor facilidad. Un pequeño salto es más fácil que uno grande, pero nadie por esa razón, al desear cruzar una zanja ancha, saltaría primero la mitad de esta.