Es evidente que, en los cuatro métodos indicados, el defensor tiene la ventaja del terreno o del país, y asimismo que por ese medio puede hacer cooperar a sus fortalezas y al pueblo; además, estos principios eficaces aumentan en cada nueva etapa de la defensa, ya que son un medio principal para lograr el debilitamiento de las fuerzas del enemigo en la cuarta etapa.
Ahora bien, como las ventajas del «estado de expectativa» aumentan en la misma dirección, se deduce por sí mismo que estas etapas deben considerarse como una intensificación real de la defensa, y que esta forma de guerra siempre gana en fuerza cuanto más se aparta de la ofensiva. No tememos por esta razón que nadie nos acuse de sostener la opinión de que la defensa más pasiva sería, por tanto, la mejor.
La acción de resistencia no se debilita en cada nueva etapa, solo se demora, se pospone. Pero la afirmación de que se puede ofrecer una resistencia más firme en una posición fuerte y atrincherada con juicio, y también de que, cuando el enemigo ha agotado sus fuerzas en esfuerzos infructuosos contra tal posición, se le puede asestar un contragolpe más efectivo, ciertamente no carece de razón.
Sin la ventaja de la posición, Daun no habría obtenido la victoria en Kollín, y como Federico el Grande solo sacó 18 000 hombres del campo de batalla, si Daun lo hubiera perseguido con más energía, la victoria habría sido una de las más brillantes de la historia militar.
Sostenemos, por tanto, que en cada nueva etapa de la defensiva la preponderancia, o para hablar con más exactitud, el contrapeso aumenta a favor de la defensiva, y por consiguiente se produce también una ganancia de poder para el contragolpe.
¿Y se obtienen acaso estas ventajas del incremento de la fuerza de la defensiva de forma gratuita? De ningún modo, pues el sacrificio con el que se compran aumenta en la misma proporción.