- Por último, queda un cuarto fundamento para un avance separado en la facilidad que puede proporcionar para la subsistencia.
Ciertamente es mucho más agradable marchar con un pequeño ejército por un país opulento, que con un gran ejército por uno pobre; pero mediante medidas adecuadas, y con un ejército acostumbrado a las privaciones, lo segundo no es imposible y, por lo tanto, lo primero jamás debería influir en nuestros planes de tal modo que nos conduzca a un gran peligro.
Hemos hecho justicia ahora a los motivos de una separación de fuerzas que divide la operación principal en varias, y si la separación tiene lugar por cualquiera de estos motivos, con una concepción clara del objetivo y tras la debida consideración de las ventajas y desventajas, no nos aventuraremos a encontrar fallos.
Pero si, como suele suceder, un plan es trazado por un Estado Mayor erudito, meramente según la rutina; si los diferentes teatros de guerra, como las casillas de un tablero de ajedrez, deben tener cada uno su pieza colocada en ellos antes de que comiencen los movimientos; si estos movimientos se acercan al objetivo en líneas y relaciones complicadas en virtud de una profundidad imaginaria en el arte de la combinación; si los ejércitos han de separarse hoy para aplicar toda su habilidad en reunirse con el mayor riesgo en catorce días, entonces sentimos un perfecto horror ante este abandono del camino directo, simple y de sentido común para precipitarnos intencionadamente en la confusión absoluta.
Esta insensatez ocurre con tanta mayor facilidad cuanto menos dirige la guerra el general en jefe, y cuanto menos la conduce en el sentido que hemos señalado en el primer capítulo como un acto de su individualidad investida de poderes extraordinarios; cuanto más, por lo tanto, todo el plan es fabricado por un Estado Mayor inexperto y a partir de las ideas de una docena de aficionados.