pretende avanzar; y este caso es más probable que ocurra cuando la defensa depende de medidas que de por sí demandan bastante tiempo, como por ejemplo, la preparación de una posición fuerte. Además, suponiendo que el defensor se sitúa en la línea por la que el agresor avanza, a menos que el defensor esté preparado para tomar la iniciativa atacando al agresor, este último podrá eludir la posición que el defensor ha adoptado con solo alterar ligeramente su línea de avance, pues en las regiones cultivadas de Europa jamás podremos encontrarnos de tal modo que no haya caminos a la derecha o a la izquierda mediante los cuales pueda evitarse cualquier posición. Evidentemente, en tal caso el defensor no podría aguardar a su enemigo en una posición, o al menos no podría aguardar allí con la expectativa de librar batalla.
Pero antes de entrar en los medios de que dispone la defensa en este caso, debemos investigar con más detalle la naturaleza de dicho caso y la probabilidad de que ocurra.
Naturalmente hay en todo Estado, y también en cada teatro de guerra (del cual únicamente hablamos en este momento), objetos y puntos sobre los cuales es probable que un ataque resulte más eficaz que en cualquier otra parte. Sobre esto creemos que será mejor hablar cuando lleguemos al ataque. Aquí nos limitaremos a observar que, si el objeto y el punto de ataque más ventajosos son el motivo para el atacante en la dirección de su golpe, este motivo repercute en la defensa, y debe ser su guía en los casos en que no sepa nada de las intenciones de su adversario. Si el atacante no toma esta dirección que le es favorable, renuncia a parte de sus ventajas naturales. Es evidente que, si el defensor ha adoptado una posición en esa dirección, el evadir su posición o rodearla no se hace por nada; cuesta un sacrificio.