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CAPÍTULO IX. Plan de guerra cuando el objeto es la destrucción del enemigo

Lo que hemos dicho ahora sobre un plan de guerra en general, y en este capítulo sobre aquellas en particular que se dirigen a la destrucción del enemigo, tiene la intención de dar especial prominencia al objetivo de la misma, y a continuación indicar principios que puedan servir de guía en la preparación de los medios y arbitrios.

Nuestro deseo ha sido de este modo dar una percepción clara de lo que ha de ser, y debe ser, hecho en semejante guerra. Hemos intentado enfatizar lo necesario y general, y dejar un margen para el juego de lo particular y accidental; pero excluir todo lo arbitrario, infundado, trivial, fantástico o sofístico.

Si hemos tenido éxito en este objetivo, consideramos nuestro problema como resuelto.

Ahora bien, si alguien se extraña de no encontrar aquí nada acerca de desviar ríos, de dominar montañas desde sus puntos más altos, de evitar posiciones fuertes y de encontrar las llaves de un país, es que no nos ha comprendido ni entiende todavía la guerra en sus relaciones generales según nuestros puntos de vista.

En los libros precedentes hemos caracterizado estos temas en general, y allí llegamos a la conclusión de que son mucho más insignificantes en su naturaleza de lo que cabría pensar por su gran reputación. Por tanto, tanto menos pueden o deben desempeñar un papel importante, es decir, hasta el punto de influir en todo el plan de una guerra, cuando se trata de una guerra que tiene por objeto la destrucción del enemigo.

Al final del libro dedicaremos un capítulo especialmente al estudio del mando supremo; el presente capítulo lo cerraremos con un ejemplo.

Si Austria, Prusia, la Confederación Germánica, los Países Bajos e Inglaterra determinan hacer la guerra a Francia, pero Rusia permanece neutral —un caso que ha ocurrido con frecuencia durante los últimos

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