muestra en la provisión de medios para este gran acontecimiento, en la determinación hábil del lugar y el tiempo, y en la dirección de las tropas, y en el buen uso que se hace del éxito.*
Pero de la importancia de estas cosas no se sigue que deban ser de una naturaleza muy complicada y arcana; todo aquí es más bien simple, el arte de la combinación de ningún modo grande; pero hay una gran necesidad de rapidez para juzgar las circunstancias, necesidad de energía, firme resolución, un espíritu juvenil de empresa: cualidades heroicas a las que a menudo tendremos que referirnos.
Por consiguiente, poco se necesita aquí de aquello que puede enseñarse mediante libros, y mucho hay que, si es que puede enseñarse, debe llegar al General a través de algún otro medio que no sea la letra impresa.
El impulso hacia una gran batalla, el progreso voluntario y seguro hacia ella, debe provenir de un sentimiento de poder innato y de un claro sentido de la necesidad; en otras palabras, debe proceder de un valor innato y de percepciones agudizadas por el contacto con los intereses superiores de la vida.
Los grandes ejemplos son los mejores maestros, pero es sin duda una desgracia si una nube de prejuicios teóricos se interpone, pues incluso el rayo de sol se ve refractado y teñido por las nubes. Destruir tales prejuicios, que muchas veces se levantan y se extienden como un miasma, es un deber imperativo de la teoría, pues el engendro deforme de la razón humana también puede ser destruido a su vez por la razón pura.