escoltas a los convoyes, ocupar estaciones militares, desfiladeros, puentes, etc. En proporción a lo pequeños que sean los primeros esfuerzos de las levas nacionales, los destacamentos enviados serán débiles en número, debido a la repugnancia a una gran dispersión de fuerzas; es sobre estos cuerpos débiles donde el fuego de la guerra nacional suele encenderse propiamente por primera vez: son superados en número en algunos puntos, el valor se eleva, el amor por la lucha cobra fuerza y la intensidad de esta pugna aumenta hasta que se acerca la crisis que ha de decidir el desenlace.
Según nuestra idea de la guerra de guerrillas, esta debe, como una especie de esencia nebulosa y vaporosa, no condensarse jamás en un cuerpo sólido; de otro modo, el enemigo envía una fuerza adecuada contra este núcleo, lo aplasta y hace una gran cantidad prisioneros; el valor de la gente decae; todos piensan que la cuestión principal está decidida, que cualquier esfuerzo posterior es inútil y las armas caen de las manos del pueblo. Aun así, por otra parte, es necesario que esta niebla se concentre en algunos puntos formando masas más densas y nubes amenazadoras de las que de vez en cuando pueda brotar un rayo formidable. Estos puntos se encuentran principalmente en los flancos del teatro de operaciones del enemigo, como ya se ha observado. Allí, el armamento del pueblo debe organizarse en cuerpos mayores y más sistemáticos, apoyados por una pequeña fuerza de tropas regulares, a fin de darle la apariencia de una fuerza regular y capacitarlo para aventurarse en empresas a mayor escala. Desde estos puntos, el carácter irregular en la organización de estos cuerpos debe disminuir a medida que se empleen más en dirección a la retaguardia del enemigo, donde este se encuentra expuesto a sus golpes más duros. Estas masas mejor organizadas tienen el propósito de caer sobre las mayores guarniciones que el enemigo deja tras de sí.