Además del objeto de una defensa absoluta con el cuerpo principal, cada uno de los tres modos de defensa también puede tener el de una defensa fingida.
Esta demostración de resistencia, que en realidad no se pretende ofrecer, es un acto que se combina con muchas otras medidas, y fundamentalmente con toda posición que sea algo más que un campamento de marcha; pero la defensa simulada de un gran río se convierte en una estratagema completa en el sentido de que es necesario adoptar de hecho una u otra serie de medidas de detalle, y de que su acción suele ser de mayor envergadura y de más larga duración que la de cualquier otra; pues el acto de cruzar un gran río a la vista de un ejército es siempre un paso importante para el atacante, uno sobre el cual medita largo tiempo a menudo, o que pospone para un momento más favorable.
Para una defensa tan fingida, es por tanto necesario que el ejército principal se divida y se aposte a lo largo del río (de un modo muy parecido al de una defensa real); pero como la intención de una mera demostración pone de manifiesto que las circunstancias no son lo suficientemente favorables para una defensa real, de dicha medida —dado que siempre ocasiona una disposición más o menos extendida y dispersa— puede derivarse con mucha facilidad el peligro de una pérdida grave si el cuerpo se viera envuelto en una resistencia real, aun cuando no se lleve hasta el extremo; se trataría entonces, en el verdadero sentido de la palabra, de una medida a medias.
En una demostración de defensa, por consiguiente, deben tomarse disposiciones para una concentración segura del ejército en un punto considerablemente situado a retaguardia (tal vez a varias marchas de distancia), y la defensa no debe llevarse más allá de lo que sea compatible con esta disposición.
Para hacer más claras nuestras opiniones y mostrar la importancia de tal demostración defensiva, refirámonos al final de la campaña de 1813.