Si ahora el resultado total se vuelve a nuestro favor, si arrebatamos al enemigo el campo de batalla y recuperamos todos los trofeos, entonces todas las fuerzas que él ha sacrificado para obtenerlos se convierten en pura ganancia para nosotros, y nuestra anterior derrota se transforma en un peldaño hacia un triunfo mayor. Las hazañas más brillantes que, con la victoria, el enemigo habría valorado tanto que la pérdida de fuerzas que costaron habría sido ignorada, no dejan ahora tras de sí más que el arrepentimiento por el sacrificio acarreado. Tal es la alteración que la magia de la victoria y la maldición de la derrota producen en el peso específico de los mismos elementos.
Por lo tanto, aun cuando seamos decididamente superiores en fuerza y seamos capaces de devolver al enemigo su victoria con otra aún mayor, siempre es mejor prevenir la conclusión de un combate desventajoso, si este tiene la importancia proporcional, para así desviar su rumbo en lugar de librar una segunda batalla.
El mariscal de campo Daun intentó en el año 1760 acudir en auxilio del general Laudon en Liegnitz mientras duraba la batalla; pero cuando fracasó, no atacó al Rey al día siguiente, aunque no le faltaban medios para hacerlo.
Por estas razones, los combates encarnizados de vanguardia que preceden a una batalla deben considerarse únicamente como males necesarios y, cuando no son necesarios, deben evitarse.(*)
Todavía nos queda otra conclusión por examinar.
Si en una batalla campal ordinaria el resultado ha sido adverso, esto no constituye un motivo para decidirse por una nueva. La determinación para esta nueva batalla debe provenir de otras relaciones.