Pensamos, por lo tanto, que un defensor que ocupe una posición bien elegida, con sus fuerzas unidas, puede esperar tranquilamente a que el enemigo pase junto a su ejército; si el enemigo no lo ataca en su posición, y una operación contra las comunicaciones del enemigo no conviene a las circunstancias, todavía le queda un medio excelente para provocar una decisión recurriendo a un ataque por el flanco.
Si apenas se encuentran casos de este tipo en la historia militar, la razón es, en parte, que el defensor rara vez ha tenido el valor de mantenerse firme en una posición semejante, sino que o bien ha dividido sus fuerzas, o se ha lanzado temerariamente frente a su enemigo mediante una marcha transversal o diagonal, o bien ningún agresor se atreve a aventurarse a pasar junto al defensor bajo tales circunstancias, y de ese modo su movimiento suele detenerse por completo.
El defensor se ve en este caso obligado a recurrir a un combate ofensivo: las mayores ventajas del estado de expectativa de una posición fuerte, de buenas trincheras, etc., etc., tiene que abandonarlas; en la mayoría de los casos, la situación en la que sorprende al enemigo que avanza no compensará del todo estas ventajas, pues precisamente para eludir la influencia de aquellas es que el asaltante se ha colocado en su actual situación; aun así, esta siempre le ofrece una cierta compensación, y la teoría, por tanto, no se ve obligada simplemente a ver cómo una cantidad desaparece de inmediato del cálculo, a ver cómo el pro y el contra se anulan mutuamente, como sucede tan a menudo cuando los escritores críticos de la historia introducen un poco de teoría.
No debe suponerse, en efecto, que ahora nos ocupamos de sutilezas lógicas; el tema es más bien de aquellos que, cuanto más se consideran prácticamente, tanto más se presentan como una idea que abarca toda la esencia de la guerra defensiva, dominándola y regulándola en todas partes.