hecho de que un error de otro género, y el llevar demasiado lejos el sistema de Federico, pueda conducir a una batalla de Hochkirch, no es argumento en contra de este método de actuar; deberíamos decir más bien que, habiendo habido una sola batalla de Hochkirch en toda la guerra de Silesia, debemos reconocer en este sistema una prueba de la consumada habilidad del Rey.
Napoleón, sin embargo, que mandaba un ejército no carente de disciplina y firmeza, y a quien no le faltaba resolución a él mismo, nunca se movía sin una fuerte vanguardia.
Hay dos razones para esto.
La primera se halla en la alteración de la táctica. Todo un ejército ya no es conducido a la batalla como un solo cuerpo mediante una simple voz de mando, para decidir el asunto a la usanza de un gran duelo con mayor o menor destreza y valor; los combatientes de ambos bandos despliegan ahora sus fuerzas más de acuerdo con las peculiaridades del terreno y las circunstancias, de modo que el orden de batalla, y por consiguiente la batalla misma, es un todo compuesto de muchas partes, de lo cual se sigue que la simple determinación de luchar se convierte en un plan regularmente formado, y la voz de mando en una disposición preparatoria más o menos prolongada. Para esto se requieren tiempo y datos.
La segunda causa radica en el gran tamaño de los ejércitos modernos. Federico llevó a treinta o cuarenta mil hombres a la batalla; Napoleón, de uno a doscientos mil.
Hemos seleccionado estos ejemplos porque cualquiera admitirá que dos generales de tal talla nunca habrían adoptado ningún modo sistemático de proceder sin una buena razón. En conjunto, ha habido una mejora general en el uso de guardias avanzadas y puestos avanzados en las guerras modernas; no es que todos actuaran como Federico, ni siquiera en las