Si el defensor se sitúa delante de su fortaleza, el enemigo no puede atacarla a menos que antes derrote al ejército que tiene enfrente; pero una batalla es una decisión; si ese no es el objetivo del enemigo, entonces no habrá batalla, y el defensor permanecerá en posesión de su fortaleza sin dar un solo golpe; por consiguiente, siempre que no creamos que el enemigo tiene la intención de librar batalla, debemos arriesgarnos a la probabilidad de que no se decida a hacerlo, sobre todo porque en la mayoría de los casos aún conservamos el poder de retirarnos en un instante tras la fortaleza, si, en contra de nuestras expectativas, el enemigo marcha a atacarnos; la posición frente a la fortaleza queda de este modo libre de peligro, y la probabilidad de mantener el estatu quo sin sacrificio alguno no conlleva ni el más mínimo riesgo.
Si el defensor se sitúa detrás de la fortaleza, ofrece al asaltante un objeto que se adapta exactamente a las circunstancias en las que este último se encuentra. Si la fortaleza no es de gran fuerza, y aquel no está del todo desprevenido, dará comienzo al asedio: para que este no termine en la caída de la plaza, el defensor debe marchar en su auxilio. La acción positiva, la iniciativa, recae ahora sobre él, y el adversario, que mediante su asedio debe considerarse como avanzando hacia su objetivo, se halla en la situación de ocupante.
La experiencia enseña que el asunto siempre toma este rumbo, y lo hace de manera natural. Una catástrofe, como ya hemos dicho, no está necesariamente ligada a un sitio. Incluso un general, carente tanto del espíritu de empresa como de energía, que nunca se decidiría a dar una batalla, procederá a emprender un sitio tal vez con nada más que artillería de campaña, cuando puede acercarse a una fortaleza sin riesgo. En el peor de los casos, puede abandonar su empresa sin ninguna pérdida real. Siempre queda por considerar el peligro al que la mayoría de las