campamentos la comodidad de las tropas era la consideración principal, de hecho casi la única, y que por lo tanto consideremos el estado de campamento como un estado ajeno a la acción de la guerra, una especie de retirada tras bambalinas, donde uno se encuentra en total tranquilidad.
La costumbre de apoyar siempre la retaguardia en algún obstáculo puede considerarse como la única medida de seguridad que se adoptaba entonces, por supuesto, en el sentido del modo de hacer la guerra de aquella época, pues semejante medida era del todo incompatible con la posibilidad de verse obligado a combatir en esa posición.
Pero había pocos motivos de temor al respecto, porque las batallas dependían por lo general de una especie de entendimiento mutuo, a la manera de un duelo, en el que las partes acuden a una cita conveniente.
Como los ejércitos, en parte debido a su numerosa caballería, que en la decadencia de su esplendor aún era considerada, particularmente por los franceses, como el arma principal, y en parte debido a la pesada organización de su orden de batalla, no podían combatir en cualquier tipo de terreno, un ejército en un terreno abrupto y accidentado se encontraba, por decirlo así, bajo la protección de un territorio neutral; y como él mismo apenas podía hacer uso del terreno escabroso, se consideraba preferible salir al encuentro de un enemigo que buscaba el combate.
Sabemos, en efecto, que las batallas de Luxemburgo en Fleurus, Steinkirk y Neerwinden se concebían con un espíritu diferente; pero este espíritu acababa de liberarse bajo este gran general del antiguo método, y aún no había repercutido en el método de acampada. Las alteraciones en el arte de la guerra se originan siempre en asuntos de naturaleza decisiva y conducen después gradualmente a modificaciones en otras cosas.