Además, debemos recordar que para hacer buen uso de una primera victoria, como ya hemos demostrado, es necesario un gran despliegue de fuerza; esto no es un mero gasto de una sola vez, sino que ha enmarcarse como una administración doméstica a gran escala; las fuerzas que han sido suficientes para darnos la posesión de una provincia no siempre bastan para hacer frente a este gasto adicional; poco a poco la tensión sobre nuestros recursos se hace mayor, hasta que al fin se vuelve insoportable; el tiempo, por tanto, puede por sí mismo provocar un cambio.
¿Podrían las contribuciones que Buonaparte impuso a los rusos y polacos, en dinero y de otras maneras, en 1812, haber procurado los cientos de miles de hombres que debió haber enviado a Moscú para mantener su posición allí?
Pero si las provincias conquistadas son suficientemente importantes, si hay en ellas puntos esenciales para el bienestar de aquellas partes que no están conquistadas, de modo que el mal, como un cáncer, corroe perpetuamente por sí mismo las entrañas del sistema, entonces es posible que el conquistador, aunque no haga nada más, gane más de lo que pierde.
Ahora bien, en este estado de cosas, si no llega ayuda desde el exterior, el tiempo podrá completar la obra así comenzada; lo que aún queda por conquistar caerá, tal vez, por sí mismo.
Por lo tanto, así el tiempo también puede convertirse en un factor de sus fuerzas, pero esto solo puede ocurrir si ya no es posible un golpe de respuesta por parte de los conquistados, si ya no es concebible un cambio de fortuna a su favor, cuando, por lo tanto, este factor de sus fuerzas ya no tiene ningún valor para el conquistador; pues ha logrado el objetivo principal, el peligro del punto culminante ha pasado, en suma, el enemigo ya está subyugado.