Condujo, por lo tanto, su cuerpo principal contra el de los rusos, que retrocedió ante él, marchó pesadamente más allá del campamento de Drissa y no se detuvo hasta llegar a Smolensko. Arrastró consigo a Bagration en su movimiento, derrotó al principal ejército ruso y tomó Moscú.
Actuó en esta ocasión como lo había hecho siempre: solo de ese modo se convirtió en el árbitro de Europa, y solo de ese modo le era posible serlo.
Él, por lo tanto, que admira a Buonaparte en todas sus primeras campañas como el mayor de los generales, no debería censurarle en este caso.
Es muy admisible juzgar un acontecimiento según el resultado, ya que esa es la mejor crítica sobre el mismo (véase el quinto capítulo, segundo libro), pero este juicio derivado meramente del resultado no debe hacerse pasar entonces como prueba de un entendimiento superior.
Buscar las causas del fracaso de una campaña no equivale a hacer una crítica de la misma; solo si demostramos que dichas causas no debieron ser pasadas por alto ni ignoradas es cuando hacemos una crítica y nos situamos por encima del General.
Ahora bien, sostenemos que cualquiera que califique la campaña de 1812 de absurdez únicamente a causa de su tremenda reacción, y que, de haber tenido éxito, la consideraría una combinación de lo más espléndida, demuestra una absoluta incapacidad de juicio.
Si Buonaparte se hubiera quedado en Lituania, como la mayoría de sus críticos piensan que debería haber hecho, para apoderarse primero de las fortalezas, de las cuales, por otra parte, excepto Riga, situada bastante a un lado, apenas hay una, porque Bobruisk es una pequeña e insignificante plaza de armas, se habría visto envuelto para el invierno en un mísero sistema defensivo: entonces esa misma gente habría sido la