De hecho, es peligroso destacar grandes fuerzas durante mucho tiempo meramente para una estratagema, porque siempre existe el riesgo de que se haga en vano, y entonces esas fuerzas serán necesarias en el punto decisivo.
El actor principal en la guerra es siempre plenamente consciente de esta sobria verdad, y por tanto no tiene deseo alguno de andar con juegos de agilidad. La amarga seriedad de la necesidad penetra de forma tan directa en la acción que no hay lugar para ese juego. En una palabra, las piezas en el tablero de ajedrez estratégico carecen de esa movilidad que es el elemento de la estratagema y la sutileza.
La conclusión que sacamos es que una mirada correcta y penetrante es una cualidad más necesaria y más útil para un general que la astucia, aunque esta tampoco hace daño si no existe a expensas de las cualidades necesarias del corazón, lo cual ocurre con demasiada frecuencia.
Pero cuanto más débiles se vuelven las fuerzas bajo el mando de la Estrategia, tanto más se adaptan a la estratagema; de modo que para los totalmente débiles y pequeños, para quienes ninguna prudencia ni sagacidad bastan ya en el punto donde todo arte parece abandonarle, la estratagema se ofrece como último recurso.
Cuanto más desamparada es su situación, cuanto más presiona todo hacia un único y desesperado golpe, con mayor presteza acude la estratagema en auxilio de su audacia. Libres de todo cálculo ulterior, exentas de toda preocupación por el porvenir, la audacia y la estratagema se intensifican mutuamente y concentran así en un solo punto un destello infinitesimal de esperanza en un rayo único, que asimismo puede servir para encender una llama.