casi como un paseante que camina sin prisa por la campaña mirando a diestra y siniestra en busca de los frutos fáciles de la oportunidad, difiere muy poco de la defensa misma —la cual permite al general recoger lo que puede de este modo—, daremos aun así cabida a la consideración filosófica más detenida de esta clase de guerra en el libro sobre el ataque. Aquí nos limitaremos a la conclusión de que en una campaña así ni el atacante ni el defensor esperan la resolución de toda la cuestión mediante una batalla decisiva; por consiguiente, la gran batalla deja de ser la clave de bóveda hacia la cual convergen todas las líneas de la superestructura estratégica. Campañas de este tipo (como nos muestra la historia de todos los tiempos y de todos los países) no solo son numerosas, sino que constituyen una mayoría tan abrumadora que el resto apenas aparece como una excepción. Aun cuando esta proporción llegara a alterarse en el futuro, es indudable que siempre habrá muchas campañas de este género y que, por tanto, deben ser tomadas en consideración al estudiar la teoría de la defensa de un teatro de operaciones. Nos esforzaremos en describir las peculiaridades que las caracterizan. La guerra real se situará por lo general en un punto intermedio entre ambas tendencias diferentes, acercándose a veces más a la una, a veces más a la otra, y por ello solo podremos apreciar el efecto práctico de estas peculiaridades en la modificación que su mutua contraposición produce en la forma absoluta de la guerra. Ya hemos dicho en el tercer capítulo de este libro que el estado de expectativa es una de las mayores ventajas que la defensa posee sobre el ataque; por regla general, rara vez ocurre en la vida, y menos aún en la guerra, que todo lo que las circunstancias harían esperar llegue a realizarse efectivamente. La imperfección de la visión humana, el temor a los malos resultados y los accidentes que trastornan el desarrollo de los planes en su ejecución son causas por las cuales muchos de los actos ordenados por las circunstancias no llegan nunca a materializarse en la práctica.
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CAPÍTULO XXX. Defensa de un teatro de guerra (continuación). Cuando no se busca ninguna decisión.
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