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CAPÍTULO VII. Acción mutua y reacción del ataque y la defensa

Ahora consideraremos el ataque y la defensa por separado, hasta donde puedan separarse el uno de la otra. Comenzamos por la defensa por las razones siguientes: es ciertamente muy natural y necesario basar las reglas de la defensa en las de la ofensiva, y viceversa; sin embargo, uno de los dos debe tener aún un tercer punto de partida si toda la cadena de ideas ha de tener un comienzo, es decir, ha de ser posible. La primera cuestión concierne a este punto.

Si reflexionamos filosóficamente sobre el comienzo de la guerra, el concepto de guerra propiamente no se origina con la ofensiva, ya que esa forma tiene como objeto absoluto, no tanto el combate, como la toma de posesión de algo.

La idea de guerra surge primero mediante la defensiva, pues esa forma tiene la batalla por objeto directo, ya que repeler y combatir son lisa y llanamente una misma cosa. La acción de repeler se dirige enteramente contra el ataque; por lo tanto, lo supone necesariamente; pero el ataque no se dirige contra la acción de repeler; se dirige a otra cosa: la toma de posesión; consiguientemente, no presupone la acción de repeler.

Está, por tanto, en la naturaleza de las cosas que la parte que primero pone en acción el elemento de la guerra, la parte desde cuyo punto de vista se conciben por primera vez dos bandos opuestos, establezca también las primeras leyes de la guerra, y esa parte es el defensor.

No estamos hablando de ningún caso particular; solo tratamos con un caso general, abstracto, que la teoría imagina para determinar el rumbo que debe tomar.

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