mismo modo que se puede defender un río pequeño; pero este procedimiento se opone a la naturaleza de los medios. Si los obstáculos naturales del terreno son tan grandes que semejante método de defensa pudiera aplicarse, entonces las trincheras eran innecesarias y entrañan peligro, pues ese método de defensa no es local, y las trincheras solo son adecuadas para una defensa estrictamente local; pero si las trincheras mismas han de considerarse los principales impedimentos para la aproximación, entonces podemos concebir fácilmente que una línea indefendida no tendrá mucho que decir como obstáculo para la aproximación. ¿Qué es una zanja de doce o quince pies, y un terraplén de diez o doce pies de alto, contra los esfuerzos aunados de muchos miles, si estos esfuerzos no son obstaculizados por el fuego de un enemigo? La consecuencia, por lo tanto, es que si tales líneas son cortas y están tolerablemente bien defendidas por tropas, pueden ser flanqueadas; pero si son extensas y no están suficientemente ocupadas, pueden ser atacadas de frente y tomadas sin mucha dificultad.
Ahora bien, como las líneas de esta descripción atan a las tropas a una defensa local y les quitan toda movilidad, son un medio malo y sin sentido para usar contra un enemigo audaz. Si vemos que se han mantenido durante mucho tiempo en las guerras modernas a pesar de estos objeciones, la causa radica enteramente en el bajo grado de energía impreso en la conducción de la guerra, una de cuyas consecuencias era que las dificultades aparentes a menudo surtían tanto efecto como las reales. Además, en la mayoría de las campañas estas líneas se utilizaban meramente para una defensa secundaria contra incursiones irregulares; si se ha comprobado que no son del todo ineficaces para ese propósito, debemos tener presente al mismo tiempo cuán más útilmente podrían haberse empleado en otros puntos las tropas necesarias para su defensa.