Ya hemos explicado en qué consiste la defensiva en general, a saber, nada más que una forma más fuerte de hacer la guerra, mediante la cual nos esforzamos por arrebatar una victoria para, después de haber obtenido la superioridad, pasar a la ofensiva, es decir, al objetivo positivo de la guerra.
Aun cuando la intención de una guerra sea únicamente el mantenimiento del statu quo, la mera parada de un golpe es algo que contradice por completo el concepto del término guerra, porque la conducción de la guerra no es, en absoluto, un mero estado de resistencia.
Si el defensor ha obtenido una ventaja importante, la forma defensiva habrá cumplido su cometido y, bajo la protección de este éxito, deberá devolver el golpe; de lo contrario, se expondrá a una destrucción segura. El sentido común señala que el hierro debe batirse mientras está caliente, que debemos aprovechar la ventaja obtenida para defendernos de un segundo ataque.
Cómo, cuándo y dónde debe comenzar esta reacción está sujeto ciertamente a una serie de otras condiciones que solo podremos explicar más adelante. Por el momento nos atenemos a esto: que siempre debemos considerar esta transición a la contraofensiva como una tendencia natural de la defensiva y, por tanto, como un elemento esencial de esta misma, y que siempre debemos concluir que hay algo equivocado en la dirección de una guerra cuando una victoria obtenida mediante la forma defensiva no se aprovecha de ningún modo, sino que se deja desvanecer.