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B. La guerra como instrumento de la política

Es decir, como diríamos nosotros: ¿procedía el mal éxito de la influencia de la política en la guerra, o de una política errónea en sí misma?

Los prodigiosos efectos de la Revolución francesa en el extranjero se debieron evidentemente mucho menos a los nuevos métodos y puntos de vista introducidos por los franceses en la conducción de la guerra que a los cambios que aquella operó en el arte de gobernar y en la administración civil, en el carácter de los gobiernos, en la condición del pueblo, etc.

Que otros gobiernos tuvieran una visión equivocada de todas estas cosas; que se esforzaran, con sus medios habituales, por mantenerse frente a fuerzas de una índole nueva y de una fuerza abrumadora; todo eso fue un error político.

¿Habría sido posible percibir y enmendar este error mediante un plan para la guerra desde un punto de vista puramente militar?

Imposible.

Pues si hubiera existido, aun en la realidad, un estratega filosófico que, partiendo meramente de la naturaleza de los elementos hostiles, hubiera previsto todas las consecuencias y profetizado posibilidades remotas, aun así habría sido puramente imposible sacar partido de semejante sabiduría.

Si la política se hubiera elevado a una justa apreciación de las fuerzas que habían surgido en Francia, y de las nuevas relaciones en el estado político de Europa, habría podido prever las consecuencias que debían seguirse con respecto a los grandes rasgos de la guerra, y solo de este modo podía llegar a una visión correcta de la magnitud de los medios necesarios, así como del mejor uso que debía hacerse de dichos medios.

Podemos afirmar, por lo tanto, que las victorias de veinte años de la revolución deben atribuirse principalmente a la política errónea de los gobiernos por los cuales fue combatida.

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