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CAPÍTULO XV. Defensa de las montañas

la extensión, el atacante concentró ahora sus masas para el ataque en un punto determinado, y la línea fue rota. Esto es casi lo que ha sucedido con respecto a las defensas en las montañas, según la historia moderna más reciente.

La ofensiva había recuperado así la preponderancia gracias a la mayor movilidad de las tropas; y solo a través de los mismos medios podía la defensa buscar ayuda.

Pero el terreno montañoso, por su propia naturaleza, se opone a la movilidad, y así toda la teoría de la defensa en montaña experimentó, si se nos permite la expresión, una derrota semejante a la que los ejércitos que en ella combatieron en la guerra revolucionaria sufrieron tan a menudo.

Pero para no rechazar lo bueno con lo malo y dejarnos arrastrar por la corriente de los lugares comunes hacia afirmaciones que, en la experiencia real, se verían refutadas mil veces por la fuerza de las circunstancias, debemos distinguir los efectos de la defensa en la montaña según la naturaleza de los casos.

La principal cuestión que debe decidirse aquí, y la que arroja mayor luz sobre todo el asunto, es si la resistencia que se pretende con la defensa de las montañas ha de ser relativa o absoluta; es decir, si solo pretende durar por un tiempo o si ha de terminar en una victoria decisiva.

Para una resistencia del primer tipo, el terreno montañoso es sumamente adecuado e introduce en ella un elemento de fuerza muy poderoso; para una del segundo tipo, por el contrario, no es en general adecuado en absoluto, o solo lo es en algunos casos especiales.

En las montañas, todo movimiento es más lento y difícil, y también requiere más tiempo y más hombres, siempre que se encuentre dentro de la zona de peligro. Pero la pérdida de tiempo y de hombres del atacante es el rasero con el que se mide la resistencia defensiva.

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