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CAPÍTULO XXIV. Operando contra un flanco

por tanto, ya sea en táctica o en estrategia, es una idea completamente falsa considerar que atacar la retaguardia del enemigo constituye de inmediato una ventaja en sí misma. En sí misma, todavía no es nada; pero llegará a ser algo en conexión con otras cosas, y algo ya sea ventajoso o lo contrario, según la naturaleza de estas cosas, cuyo examen reclama ahora nuestra atención.

Primero, en la acción contra el flanco estratégico, debemos hacer una distinción entre dos objetos de dicha medida: entre la acción meramente contra las comunicaciones y aquella contra la línea de retirada, con la cual, al mismo tiempo, también puede combinarse un efecto sobre las comunicaciones.

Cuando Daun, en 1758, envió un destacamento para apoderarse de los convoyes en su camino hacia el sitio de Olomouc, es evidente que no tenía la intención de impedir la retirada del rey a Silesia; más bien deseaba provocar dicha retirada y le habría abierto de buena gana la línea.

En la campaña de 1812, el objetivo de todos los cuerpos expedicionarios que fueron destacados del ejército ruso en los meses de septiembre y octubre fue únicamente interceptar las comunicaciones, no detener la retirada; pero este último era con toda evidencia el designio del ejército de Moldavia que, al mando de Chichágov, marchó contra el Beresina, así como del ataque que el general Wittgenstein recibió el encargo de realizar contra el cuerpo francés estacionado en el Dwina.

Estos ejemplos sirven únicamente para hacer la exposición más clara.

La acción contra las líneas de comunicación está dirigida contra los convoyes del enemigo, contra los pequeños destacamentos que marchan en la retaguardia del ejército, contra los mensajeros y viajeros, los pequeños depósitos, etc.; de hecho, contra todos los medios que el ejército enemigo necesita para mantenerse en una condición vigorosa y saludable; su objeto es, por lo tanto, debilitar la situación del enemigo a este respecto y, por este medio, obligarlo a retroceder.

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