En el capítulo precedente hemos dicho que, bajo la expresión de «derrocamiento del enemigo», entendemos el fin real y absoluto del «acto de guerra»; ahora veremos qué queda por hacer cuando no existen las condiciones bajo las cuales este objetivo podría alcanzarse.
Estas condiciones presupone una gran superioridad física o moral, o un gran espíritu de empresa, una propensión innata a los riesgos extremos.
Ahora bien, allí donde todo esto no se da, el objetivo en el acto de la guerra solo puede ser de dos tipos: o bien la conquista de una pequeña o moderada porción del país enemigo, o bien la defensa del propio hasta tiempos mejores; este último es el caso habitual en la guerra defensiva.
Si uno u otro de estos objetivos es del género correcto, siempre puede determinarse trayendo a la memoria la expresión utilizada con respecto al último.
- El aguardar a tiempos más favorables implica que tenemos razones para esperar tales tiempos en lo porvenir, y este aguardar, es decir, la guerra defensiva, se basa siempre en esta perspectiva;
- por otra parte, la guerra ofensiva, es decir, el aprovechamiento del momento presente, se impone siempre cuando el futuro ofrece una perspectiva mejor, no para nosotros, sino para nuestro adversario.