La tendencia general a la sorpresa, tratada en el capítulo anterior, apunta a esta conclusión, pues existe un grado de estratagema, por pequeño que sea, que se encuentra en la base de todo intento de sorpresa.
Pero por mucho que sintamos el deseo de ver a los actores de la Guerra superarse mutuamente en actividad oculta, presteza y estratagema, aun así debemos admitir que estas prendas se manifiestan bien poco en la historia, y raras veces han podido abrirse paso hasta la superficie de entre la masa de relaciones y circunstancias.
La explicación de esto es obvia, y es casi idéntica al tema del capítulo precedente.
La estrategia no conoce otra actividad que la de regular el combate con las medidas que a él se refieren. No se ocupa, como la vida ordinaria, de transacciones que consisten meramente en palabras —es decir, en expresiones, declaraciones, etc.—. Pero estas, que son muy poco costosas, son principalmente los medios con los que el astuto engaña a aquellos sobre quienes ejerce su arte.
Aquello que hay en la guerra semejante a esto —planes y órdenes dados meramente como simulacros, falsos informes enviados a propósito al enemigo— es por lo general de tan escaso efecto en el campo estratégico que solo se recurre a ello en casos particulares que se presentan por sí mismos y que, por lo tanto, no puede considerarse como una acción espontánea que emane del líder.
Pero tales medidas como llevar a cabo los preparativos para una batalla, hasta el punto de engañar al enemigo, exigen un gasto considerable de tiempo y energía; por supuesto, cuanto mayor sea la impresión que se quiera causar, mayor será el gasto en estos aspectos. Y como por lo general esto no se concede para tal fin, muy pocas de las llamadas demostraciones en estrategia logran el objetivo para el que fueron concebidas.