fortalezas están más o menos expuestas, el de ser tomadas por asalto o de alguna otra manera irregular, y esta circunstancia no debería ser pasada por alto ciertamente por el defensor en su cálculo de probabilidades.
Al sopesar y considerar las diferentes probabilidades, parece natural que el defensor deba ver la probabilidad de no tener que luchar en absoluto como más ventajosa que la probabilidad de combatir aun bajo circunstancias favorables. Y así nos parece que la práctica de desplegar un ejército en el campo frente a su fortaleza es tanto natural como plenamente comprensible.
Federico el Grande, por ejemplo, en Glogau, contra los rusos, y en Schweidnitz, Neiss y Dresde, contra los austriacos, la adoptó casi siempre. Sin embargo, esta medida trajo la desgracia al duque de Bevern en Breslau; detrás de Breslau no habría podido ser atacado; la superioridad de los austriacos en ausencia del rey pronto cesaría, ya que este se estaba acercando; y, por lo tanto, mediante una posición detrás de Breslau, se podría haber evitado una batalla hasta la llegada de Federico.
Sin duda, el duque habría preferido ese curso de acción de no ser porque habría expuesto ese importante lugar a un bombardeo, ante lo cual el rey, que era todo menos tolerante en tales ocasiones, se habría mostrado sumamente disgustado. El intento realizado por el duque de proteger Breslau mediante una posición atrincherada adoptada para tal fin no puede, después de todo, desaprobarse, pues era muy posible que el príncipe Carlos de Lorena, satisfecho con la toma de Schweidnitz y amenazado por la marcha del rey, se hubiera visto impedido por dicha posición de avanzar más.
Lo mejor que podría haber hecho habría sido rehusar la batalla a última hora retirándose a través de Breslau en el momento en que los austriacos avanzaban para el ataque; de este modo habría obtenido todas las ventajas del estado de expectativa sin pagarlas con un gran peligro.