en detalle.
Al echar ahora una vez más una mirada sobre el conjunto de nuestro asunto, la idea debe impresionarnos vivamente de que, con un principio ofensivo tan débil, con tan poco deseo de una decisión por ninguna de las dos partes, con un motivo positivo tan escaso, con tantas influencias contrarrestantes de índole subjetiva que nos detienen y nos retienen, la diferencia esencial entre el ataque y la defensa debe tender cada vez más a desaparecer.
Al comienzo de una campaña, ciertamente una de las partes entrará en el teatro de operaciones de la otra y de ese modo, en cierta medida, dicha parte adopta la forma de ofensiva. Pero bien puede ocurrir, y sucede con frecuencia, que muy pronto deba emplear todas sus fuerzas para defender su propio país en territorio enemigo.
Entonces ambas se encuentran, en realidad, una frente a la otra en un estado de mutua observación. Ambas con la intención de no perder nada, tal vez ambas también con la intención de obtener una ventaja positiva. En verdad puede suceder, como con Federico el Grande, que el defensor real apunte más alto por ese medio que su adversario.