Aquí la pregunta debe imponernos con naturalidad: si esto es así, ¿qué es lo que impulsa al vencedor a proseguir la carrera de la victoria, a continuar la ofensiva? ¿Y puede llamarse verdaderamente a esto hacer un nuevo uso de la victoria? ¿No sería mejor detenerse allí donde apenas se advierte aún una disminución de la preponderancia obtenida?
A esto debemos responder naturalmente: la preponderancia de las fuerzas combatientes es solo el medio, no el fin. El fin u objetivo es someter al enemigo, o al menos arrebatarle parte de su territorio, para ponernos así en condiciones de hacer valer las ventajas obtenidas cuando concluyamos la paz.
Aun si nuestro objetivo es conquistar por completo al enemigo, debemos conformarnos con que, tal vez, cada paso que avancemos reduzca nuestra preponderancia; pero de esto no se sigue necesariamente que sea nula antes de la caída del enemigo: la caída de este puede producirse antes de eso, y si ha de conseguirse con el último mínimo de preponderancia, sería un error no gastarlo con tal fin.
La superioridad que tenemos o adquirimos en la guerra es, por tanto, el medio, no el fin, y debe arriesgarse para conseguir este último. Pero es necesario saber hasta dónde alcanzará, para no pasar de ese punto y, en lugar de nuevas ventajas, cosechar el desastre.
No es necesario aducir ejemplos especiales de la experiencia para demostrar que esta es la forma en que la preponderancia estratégica se agota en el ataque estratégico; es más bien la multitud de casos lo que nos ha obligado a investigar sus causas. Solo desde la aparición de Buonaparte conocemos campañas entre naciones civilizadas en las que la preponderancia ha conducido, sin interrupción, a la caída del enemigo; antes de su época, cada campaña terminaba con la búsqueda, por parte del ejército victorioso, de un punto en el que pudiera simplemente mantenerse en estado de equilibrio. En