Que la población sea densa o no, tiene poca importancia, ya que hay menos probabilidad de que falten hombres que cualquier otra cosa. Que los habitantes sean ricos o pobres tampoco es un punto decisivo en absoluto, al menos no debería serlo; pero hay que admitir que una población pobre, acostumbrada al trabajo duro y a las privaciones, suele mostrarse más vigorosa y mejor preparada para la guerra.
Una peculiaridad del país que favorece en gran medida la acción de la guerra llevada a cabo por el pueblo son los emplazamientos dispersos de las viviendas de los campesinos, tal como se encuentra en muchas partes de Alemania.
El país resulta así más entrecortado y cubierto; los caminos son peores, aunque más numerosos; el acuartelamiento de tropas conlleva dificultades interminables, pero sobre todo se repite a pequeña escala esa peculiaridad que la guerra popular posee a gran escala, a saber, que el principio de resistencia existe en todas partes, pero no es tangible en ninguna.
Si los habitantes están agrupados en aldeas, a los más revoltosos se les cuartelan tropas, o son saqueados como castigo, y sus casas quemadas, etc., un sistema que no podría llevarse a cabo muy fácilmente con una comunidad campesina de Westfalia.
Las levas nacionales y el campesinado armado no pueden ni deben ser empleados contra el cuerpo principal del ejército enemigo, ni siquiera contra ningún cuerpo considerable del mismo; no deben intentar romper la nuez, solo deben roer la superficie y las fronteras. Deben alzarse en las provincias situadas a uno de los lados del teatro de la guerra, y en las cuales el agresor no se presenta con fuerzas considerables, a fin de sustraer por completo estas provincias a su influencia. Donde no se halla al enemigo, no falta valor para oponerse a él, y ante el ejemplo así dado, la masa de la población vecina se enciende gradualmente. Así el