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CAPÍTULO VI. A. Influencia del objetivo político sobre el objetivo militar

Jamás encontramos que un Estado que se une a la causa de la otra parte la asuma con la misma seriedad que la propia. Se envía un ejército auxiliar de fuerza moderada; si no tiene éxito, el aliado considera el asunto como de algún modo terminado y trata de salir de él en las condiciones más baratas posibles.

En la política europea ha sido habitual que los Estados se comprometan a la asistencia mutua mediante una alianza ofensiva y defensiva, no hasta el punto de que uno tome parte en los intereses y las disputas del otro, sino únicamente hasta prometerse de antemano la ayuda de un contingente de tropas fijo, por lo general muy moderado, sin tener en cuenta el objetivo de la guerra ni la escala en la que esta vaya a ser llevada a cabo por los principales contendientes.

En un tratado de alianza de este tipo, el aliado no se considera a sí mismo envuelto con el enemigo en una guerra propiamente dicha, la cual debería comenzar necesariamente con una declaración de guerra y terminar con un tratado de paz. Aun así, esta idea tampoco está fijada en ninguna parte con total claridad, y la usanza varía en uno u otro sentido.

La cosa tendría una especie de coherencia, y resultaría menos embarazoso para la teoría de la guerra que este contingente prometido de diez, veinte o treinta mil hombres fuera entregado por completo al Estado en guerra, para que pudiera ser utilizado según las necesidades; podría entonces considerarse como una fuerza subsidiada.

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