Pero la renuncia al objetivo general no es exactamente idéntica a abandonar el campo de batalla, aun cuando el combate haya sido muy obstinado y prolongado; nadie dice de los puestos avanzados, cuando se retiran tras un combate obstinado, que han renunciado a su objetivo; incluso en los combates dirigidos a la destrucción del ejército enemigo, la retirada del campo de batalla no debe considerarse siempre como un abandono de dicho fin, como por ejemplo en las retiradas planificadas de antemano, en las que el terreno se disputa palmo a palmo; todo esto pertenece a esa parte de nuestro tema en la que hablaremos del objetivo particular del combate; aquí solo deseamos llamar la atención sobre el hecho de que, en la mayoría de los casos, la renuncia al objetivo es muy difícil de distinguir de la retirada del campo de batalla, y que la impresión producida por esta última, tanto dentro como fuera del ejército, no debe tomarse a la ligera.
Para los Generales y Ejércitos cuya reputación no está consolidada, esto constituye en sí mismo una de las dificultades en muchas operaciones, justificada por las circunstancias en que una sucesión de combates, cada uno de los cuales termina en retirada, puede parecer una sucesión de derrotas, sin serlo en realidad, y en que esa apariencia puede ejercer una influencia muy deprimente.
Es imposible que el General que se retira, al dar a conocer sus verdaderas intenciones, evite que el efecto moral se extienda al público y a sus tropas, pues para lograrlo con eficacia tendría que revelar sus planes por completo, lo cual, por supuesto, iría en contra de sus principales intereses en un grado excesivo.
Para llamar la atención sobre la especial importancia de esta concepción de la victoria, solo haremos referencia a la batalla de Soor,(*) cuyos trofeos no fueron importantes (unos pocos miles de prisioneros y veinte cañones), y en la que Federico proclamó su victoria permaneciendo durante cinco días más en el campo de batalla, a pesar de que su retirada a