Este curso está condicionado, como ya hemos dicho, por otras relaciones de las que todavía no es momento de hablar. Pero debemos mencionar aquí lo que hay de carácter general en la persecución, a fin de evitar repeticiones cuando el tema vuelva a presentarse.
En las etapas posteriores de la persecución, de nuevo, podemos distinguir tres grados:
- la persecución simple,
- una persecución dura, y
- una marcha paralela para interceptar.
El simple seguir o perseguir hace que el enemigo continúe su retirada, hasta que cree poder arriesgar otra batalla. En su efecto bastará, por lo tanto, para agotar las ventajas obtenidas, y además de eso, todo lo que el enemigo no pueda llevar consigo —enfermos, heridos e incapacitados por la fatiga, cantidades de equipaje y carruajes de toda clase— caerá en nuestras manos; pero este mero seguimiento no tiende a aumentar el desorden en el ejército del enemigo, un efecto que es producido por las dos causas siguientes.
Si, por ejemplo, en lugar de contentarnos con ocupar cada día el campamento que el enemigo acaba de desocupar, ocupando tan solo la parte del país que él decide abandonar, hacemos nuestros arreglos de modo que cada día invadamos más terreno y, en consecuencia, con nuestra vanguardia organizada para tal fin, ataquemos su retaguardia cada vez que intente detenerse, entonces tal proceder acelerará su retirada y, por consiguiente, tenderá a incrementar su desorganización.—Esto lo logrará principalmente por el carácter de huida continua que adquirirá así su retirada.
Nada ejerce una influencia tan deprimente sobre el soldado como el sonido del cañón del enemigo de nuevo en el momento en que, tras una marcha forzada, busca algo de descanso; si esta tensión continúa día tras día durante algún tiempo, puede conducir a una completa desbandada.