cierta distancia quedaban custodiados con vistas a la defensa, y se suponía que diez o quince puestos aislados, diseminados así en un espacio de unas diez millas o más, desafiaban ese odioso movimiento envolvente. Ahora bien, como la conexión entre estos puestos se consideraba suficientemente segura al ser los espacios intermedios de una naturaleza intransitable (las columnas en ese tiempo no podían abandonar los caminos regulares), se pensó que de este modo se presentaba al enemigo un muro de bronce. Como precaución adicional, unos cuantos batallones, algo de artillería a caballo y una docena de escuadrones de caballería formaban una reserva para prevenir la eventualidad de que la línea fuera rota inesperadamente en cualquier punto.
Nadie negará que la historia demuestra la prevalencia de esta idea, y no es seguro que en la actualidad estemos completamente emancipados de estos errores.
El curso del perfeccionamiento en la táctica desde la Edad Media, con la fuerza cada vez mayor de los ejércitos, contribuyó asimismo a incluir las regiones montañosas, en este sentido, más dentro del ámbito de la acción militar.
La característica principal de la defensa de montaña es su pasividad completa; a esta luz, la tendencia hacia la defensa de las montañas era muy natural antes de que los ejércitos alcanzaran su actual capacidad de movimiento. Pero los ejércitos crecían constantemente y, debido al efecto de las armas de fuego, comenzaron a extenderse cada vez más en líneas largas y delgadas unidas con una gran cantidad de artificio y, por ello, muy difíciles, a menudo casi imposible, de mover. Disponer en orden de batalla una máquina tan artificiosa requería a menudo medio día de trabajo y medio combate; y casi todo lo que ahora se atiende en el plan