Cuanto más alto ascendemos en una posición de mando, más predominan la mente, el entendimiento y la penetración en la actividad; más se mantiene, por tanto, en sujeción la audacia, que es una propiedad de los sentimientos, y por esa razón la hallamos tan raramente en las más altas posiciones, pero entonces, tanto más debe ser admirada.
La audacia, dirigida por una inteligencia superior, es el sello del héroe: esta audacia no consiste en aventurarse directamente contra la naturaleza de las cosas, en un desprecio absoluto por las leyes de la probabilidad, sino, una vez hecha una elección, en la adhesión rigurosa a ese cálculo superior que el genio, el tacto del juicio, ha recorrido con la velocidad del rayo.
Cuanto más la audacia presta alas a la mente y al discernimiento, tanto más lejos llegarán en su vuelo, tanto más abarcadora será la visión, más exacto el resultado, pero ciertamente siempre solo en el sentido de que a mayores objetos mayores peligros van unidos.
El hombre común, por no hablar del débil e irresoluto, llega a un resultado exacto —hasta donde esto es posible sin demostración ocular—, a lo sumo tras una diligente reflexión en su aposento, lejos del peligro y de la responsabilidad.
Que el peligro y la responsabilidad se ciernan sobre él en todas direcciones, y entonces perderá la facultad de la visión de conjunto; y si en cierta medida la conserva por influencia de otros, aun así perderá su capacidad de decisión, porque en ese punto nadie puede ayudarle.
Creemos pues que es imposible imaginar a un General distinguido sin audacia, es decir, que ningún hombre puede llegar a serlo si no nace con esta facultad del alma, y por lo tanto la consideramos como el primer requisito para dicha carrera. Cuánta de esta fuerza innata, desarrollada y moderada mediante la educación y las circunstancias de la vida, queda cuando el hombre ha