Mucho mayor es el mal que reside en el pomposo séquito de términos técnicos —expresiones científicas y metáforas— que estos sistemas arrastran consigo y que, como una chusma —como el bagaje de un ejército separado de su jefe—, deambulan en todas direcciones. Cualquier crítico que no haya adoptado un sistema, ya sea porque no ha encontrado uno que le agrade o porque aún no ha podido adueñarse de ninguno, utilizará al menos de vez en la vez un fragmento de alguno, tal como se usaría una regla, para mostrar los errores cometidos por un general. La mayoría de ellos son incapaces de razonar sin servirse aquí y allá de algunos retazos de teoría militar científica como ayuda. El más pequeño de estos fragmentos, que consiste en meras palabras científicas y metáforas, no es a menudo más que un adorno ornamental de la narración crítica. Ahora bien, está en la naturaleza de las cosas que todas las expresiones técnicas y científicas que pertenecen a un sistema pierdan su propiedad, si es que alguna vez la tuvieron, tan pronto como son distorsionadas y utilizadas como axiomas generales, o como pequeños talismanes cristalinos que poseen más poder de demostración que el lenguaje sencillo.
Así ha llegado a ocurrir que nuestros libros teóricos y críticos, en vez de ser disertaciones directas e inteligibles, en las que el autor al menos siempre sabe lo que dice y el lector lo que lee, están repletos de estos términos técnicos, los cuales forman oscuros puntos de interferencia donde el autor y el lector toman caminos separados.
Pero con frecuencia son algo peor, pues no son más que cáscaras huecas sin semilla alguna. El propio autor no tiene una percepción clara de lo que quiere decir, y se conforma con ideas vagas que, de expresarse en un lenguaje llano, resultarían insatisfactorias incluso para él mismo.