por la mañana y otras por la noche, hallarse siempre durante varias horas en presencia del enemigo intercambiando cañonazos con él y manteniendo un fuego de escaramuzas, planificar maniobras para flanquearlo; en resumen, hacer todo el despliegue de medios tácticos que tal proceder hace necesario. Todo eso naturalmente pesa con fuerza sobre el ejército perseguidor y, en la guerra, donde hay tantas cargas que soportar, los hombres siempre se sienten inclinados a deshacerse de aquellas que no parecen absolutamente necesarias.
Estas observaciones son ciertas, ya sea que se apliquen a todo un ejército o, como es el caso más habitual, a una fuerte vanguardia.
Por las razones que acabamos de mencionar, este segundo método de persecución, esta presión continua sobre el enemigo perseguido, es un acontecimiento más bien raro; incluso Buonaparte, en su campaña de Rusia de 1812, lo practicó muy poco, por las razones aquí evidentes de que las dificultades y penalidades de dicha campaña ya amenazaban a su ejército con la destrucción antes de que pudiera alcanzar su objetivo; por otra parte, los franceses en sus otras campañas se han distinguido por su energía también en este aspecto.
Por último, la tercera y más eficaz forma de persecución es la marcha paralela hacia el objetivo inmediato de la retirada.
Todo ejército derrotado tendrá naturalmente a sus espaldas, a mayor o menor distancia, algún punto cuya conquista sea el primer propósito que se persigue, ya sea porque, de no lograrse esto, su retirada posterior se vería comprometida, como en el caso de un desfiladero, o porque sea importante para el propio punto alcanzarlo antes que el enemigo, como en el caso de una gran ciudad, almacenes, etc., o, por último, porque el ejército en este punto adquirirá nuevas fuerzas defensivas, como una posición fuerte, o la unión con otros cuerpos.