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CAPÍTULO XVIII. Dominio del terreno

Ningún ejército puede mantenerse en el valle de un gran río si no está en posesión de las alturas a cada lado que forman el

La posesión de un terreno elevado puede, por tanto, llegar a ser virtualmente un dominio, y de ningún modo podemos negar que esta idea representa una realidad. Sin embargo, las expresiones «terreno dominante», «posición de abrigo», «llave del país», en la medida en que se fundamentan en la naturaleza de las alturas y los descensos, son cáscaras vacías sin un núcleo sólido.

Estos imponentes elementos de teoría se han invocado principalmente con el fin de dar sabor a la aparente banalidad de las combinaciones militares; se han convertido en los temas predilectos de los soldados cultos, en las varitas mágicas de los adeptos a la estrategia, y ni la vacuidad de estas ocurrencias fantásticas, ni las frecuentes contradicciones que los resultados de la experiencia les han inferido, han bastado para convencer a los autores, y a quienes leen sus libros, de que con semejante fraseología están sacando agua en el tonel sin fondo de las Danaides.

Las condiciones se han tomado por la cosa misma, el instrumento por la mano. La ocupación de tal o cual posición o porción de terreno ha sido considerada como un ejercicio de poder, semejante a una estocada o un tajo; el terreno o la posición misma, como una cantidad sustantiva; mientras que lo primero es como el levantamiento del brazo, y lo segundo no es más que el instrumento sin vida, una mera propiedad que solo puede realizarse sobre un objeto, un simple signo más o menos al que le faltan las cifras o cantidades.

Este toma y daca, este objeto, esta cantidad, es una batalla victoriosa; es lo único que cuenta de verdad; solo con esto podemos contar; y siempre debemos tenerlo presente, tanto al emitir un juicio crítico en literatura como en la acción real sobre el terreno.

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