sin que se derrame sangre en combate, en las que, por tanto, las combinaciones estratégicas se muestran eficaces hasta ese punto, esto puede llevar a la idea de que dichas combinaciones tienen al menos una gran fuerza inherente en sí mismas, y podrían en general decidir por sí solas el asunto, cuando no se supone una preponderancia excesiva en los resultados tácticos por parte del agresor. A esto respondemos que, si la cuestión se refiere a cosas que tienen su origen en el teatro de la guerra y, por consiguiente, pertenecen a la guerra misma, esta idea es asimismo totalmente falsa; y añadimos que la causa del fracaso de la mayoría de los ataques debe buscarse en las relaciones superiores y políticas de la guerra.
Las relaciones generales de las que brota una guerra, y que constituyen naturalmente su fundamento, determinan también su carácter; sobre este asunto tendremos más que decir en adelante, al tratar del plan de una guerra.
Pero estas relaciones generales han convertido a la mayoría de las guerras en cosas a medias, en las que la hostilidad real tiene que abrirse paso a través de tal conflicto de intereses que, al final, no pasa de ser un elemento muy débil.
Este efecto debe manifestarse de manera natural principalmente y con mayor fuerza por el lado de la ofensiva, el lado de la acción positiva. Por tanto, no hay que extrañarse de que un ataque tan asmático y falto de aliento se detenga con solo tocarlo.
Contra una resolución débil, tan atada por mil consideraciones que apenas tiene existencia, a menudo basta con una mera apariencia de resistencia.
No es el número de posiciones inexpugnables en todas las direcciones, ni el aspecto formidable de las oscuras masas montañosas acampadas