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CAPÍTULO IX. Plan de guerra cuando el objeto es la destrucción del enemigo

En el décimo quinto capítulo del Tercer Libro hemos demostrado que el elemento geométrico tiene menos influencia en la estrategia que en la táctica; y aquí nos limitaremos a repetir la deducción allí obtenida, a saber, que especialmente en el ataque, los resultados reales en los diversos puntos merecen más atención que la figura geometría, la cual puede formarse gradualmente a través de la diversidad de los resultados.

Pero en cualquier caso, es bien seguro que, atendiendo a los vastos espacios con los que la estrategia tiene que lidiar, las opiniones y resoluciones que la situación geométrica de las partes pueda crear deben dejarse en manos del general en jefe; que, por lo tanto, ningún general subalterno tiene derecho a preguntar qué está haciendo o dejando de hacer su vecino, sino que a cada uno se le debe ordenar imperativamente que persiga su objetivo.

Si de esto surge realmente alguna incongruencia grave, un remedio siempre puede ser aplicado a tiempo por la autoridad suprema.

Así, pues, puede evitarse el principal mal de este modo separado de acción, el cual consiste en que, en lugar de realidades, una nube de aprehensiones y suposiciones se mezcla en el curso de una operación, en que cada accidente afecta no solo a la parte con la que entra en contacto inmediato, sino también al conjunto, mediante la comunicación de impresiones, y en que se abre un amplio campo de acción para los defectos personales y las animosidades personales de los comandantes subalternos.

Creemos que estas opiniones solo parecerán paradójicas a aquellos que no hayan estudiado la historia militar durante el tiempo suficiente o con la atención necesaria, que no distingan lo importante de lo secundario, ni tengan debidamente en cuenta la influencia de las debilidades humanas en general.

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