posibilidades últimas, limitando su atención a las probabilidades inmediatas. > Si de ello se deriva una gran incertidumbre en toda la acción, si con ello se convierte en una especie de juego, la política de cada gabinete deposita su confianza en la creencia de que en este juego superará a su vecino en habilidad y agudeza
De este modo, la política hace del elemento omnipotente de la guerra un mero instrumento, transforma la tremenda espada de combate, que debería levantarse con ambas manos y toda la fuerza del cuerpo para golpear de una vez por todas, en un arma ligera y manejable, que a veces no es más que un florete para intercambiar estocadas, amagues y paradas.
Así las contradicciones en las que el hombre, naturalmente tímido, se ve envuelto por la guerra, pueden resolverse, si decidimos aceptar esto como una solución.
Si la guerra pertenece a la política, adoptará naturalmente el carácter de esta. Si la política es grande y poderosa, también lo será la guerra, y esta puede llevarse hasta el punto en que la guerra alcance su forma absoluta.
De este modo de ver el asunto, por consiguiente, no necesitamos excluir la forma absoluta de la guerra; más bien la mantenemos continuamente a la vista en un segundo plano.
Solo mediante esta clase de visión, la guerra recupera su unidad; solo a través de ella podemos ver todas las guerras como cosas de una misma especie; y solo mediante ella el juicio puede obtener la base verdadera y perfecta y el punto de vista desde el cual los grandes planes pueden ser trazados y decididos.
Es verdad que el elemento político no penetra profundamente en los detalles de la guerra: