El lector convenirá fácilmente con nosotros en que, suponiendo que se manifieste un grado igual de discernimiento en un cierto número de casos, mil veces más de ellos terminarán en desastre por exceso de celo que por audacia.
Uno supondría natural que la interposición de un objeto razonable estimulara la audacia y, por lo tanto, disminuyera su mérito intrínseco, y sin embargo, en la realidad ocurre lo contrario.
La intervención del pensamiento lúcido o la supremacía general de la mente priva a las fuerzas emocionales de gran parte de su poder. Por esta razón la audacia se vuelve un fenómeno más raro cuanto más ascendemos en la escala de rangos, pues, ya sea que el discernimiento y el entendimiento aumenten o no con dichos rangos, los comandantes, en sus respectivos puestos a medida que ascienden, se ven presionados con mayor severidad por las cosas objetivas, por relaciones y demandas externas, de modo que se sienten tanto más perplejos cuanto menor es el grado de su inteligencia individual. Esto, en lo que concierne a la guerra, es el fundamento principal de la verdad del proverbio francés:—
“Tel brille au second qui s’éclipse au premier.”
Casi todos los generales que en la historia aparecen simplemente como habiendo alcanzado la mediocridad, y como faltos de decisión al ejercer el mando supremo, son hombres célebres en su carrera anterior por su osadía y decisión.(*)
En aquellos motivos para la acción audaz que surgen de la presión de la necesidad debemos hacer una distinción. La necesidad tiene sus grados de intensidad. Si se encuentra cercana, si la persona que actúa se ve empujada en la búsqueda de su objetivo hacia grandes peligros con el fin de escapar de