que es el verdadero destello de genio el que descubre aquí en un momento lo que es correcto, y que estaría fuera de todo orden dominarse ante la complejidad meramente mediante un estudio metódico, esto es fácil de
En este sentido, Buonaparte tenía toda la razón cuando decía que sería un problema de álgebra ante el cual un Newton podría quedarse atónito.
Si la diversidad y magnitud de las circunstancias y la incertidumbre en cuanto a la medida justa aumentan en alto grado la dificultad de obtener un resultado correcto, no debemos pasar por alto el hecho de que, aunque la incomparable importancia del asunto no incremente la complejidad y la dificultad del problema, sin embargo, aumenta en gran manera el mérito de su solución.
En los hombres de cuño ordinario, la libertad y la actividad de la mente se ven deprimidas, no incrementadas, por la sensación de peligro y responsabilidad; pero cuando estas cosas dan alas para fortalecer el juicio, sin duda alguna debe de haber en ello una grandeza de alma inusual.
En primer lugar, por tanto, debemos admitir que el juicio sobre una guerra que se aproxima, sobre el fin al que debe dirigirse y sobre los medios que se requieren, solo puede formarse tras una consideración plena de la totalidad de las circunstancias relacionadas con ella; con la cual deben combinarse, por consiguiente, los rasgos más individuales del momento; en segundo lugar, que esta decisión, como todas las de la vida militar, no puede ser puramente objetiva, sino que debe estar determinada por las cualidades mentales y morales de príncipes, hombres de Estado y generales, ya estén reunidas en la persona de un solo hombre o no.
El asunto se vuelve general y más apto para ser tratado en abstracto si consideramos las relaciones generales en las que las circunstancias han colocado a los Estados en diferentes épocas. Debemos permitirnos aquí una rápida ojeada a la historia.