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CAPÍTULO III. Relación de poder

campaña o en enfrentamientos de carácter decisivo —esto es, la gran batalla, término respecto al cual nos remitimos al segundo capítulo del libro precedente—.

Los ejércitos están en nuestros días tan a la par en lo que se refiere a armas, equipamiento y instrucción, que no hay una diferencia muy notable entre los mejores y los peores en estas cosas.

Todavía puede observarse una diferencia, derivada de la instrucción superior del cuerpo científico, pero en general solo se reduce a esto: que uno es el inventor e introductor de aparatos mejorados, los cuales el otro imita inmediatamente.

Incluso los generales subordinados, jefes de cuerpo y de división, en todo lo que entra en el ámbito de su esfera, tienen en general en todas partes las mismas ideas y métodos, de modo que, salvo el talento del comandante en jefe —algo que depende enteramente del azar y no guarda una relación constante con el nivel de instrucción del pueblo y del ejército—, ya no hay nada, salvo el hábito de la guerra, que pueda otorgar a un ejército una superioridad decisiva sobre otro.

Cuanto más nos acercamos a un estado de igualdad en todas estas cosas, más decisiva se vuelve la relación en cuanto al número.

El carácter de las batallas modernas es el resultado de este estado de igualdad. Tomemos por ejemplo la batalla de Borodinó, en la que el primer ejército del mundo, el francés, midió sus fuerzas con el ruso que, en muchos aspectos de su organización y en la instrucción de sus cuerpos especiales, podía considerarse el más retrasado. En toda la batalla no hay un solo rastro de arte o inteligencia superiores; es una mera prueba de fuerza entre los respectivos ejércitos de principio a fin; y como en ese aspecto eran casi iguales, el resultado no podía ser otro que una inclinación gradual de la balanza a favor de aquella parte donde

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